20 Sep 2012

Conga y la enfermedad de la ‘encuestitis’

Aunque los asuntos de interés común no se pueden definir por la tiranía de la mayoría o las minorías, sino que deben seguir el camino de la ley y el respeto al sistema que garantiza la libertad de todos, no deja de ser verdad que las encuestas otorgan cierta legitimidad a los asuntos públicos; pero también, cuando no se aplican con pertinencia social, podrían entorpecer el juego político mediante la ‘encuestitis’: una enfermedad que se detecta cuando las autoridades deciden actuar a raíz de estas mediciones, olvidando analizar cómo y en qué contextos se han obtenido los resultados.

Lo más probable es que si quisiéramos saber el potencial de un deportista, y éste tiene una infección muy grave, lo que dicta el sentido común es que debemos esperar que se estabilice para dar un diagnóstico serio. El mismo ejercicio habrá realizado un novio antes de casarse: su decisión no se basa en el maquillaje deslumbrante de la primera cita sino, por el contrario, habrá esperado sincerar un poco las apariencias. Algo similar ocurre en las mediciones de la percepción social: no se pueden aplicar de modo indiscriminado a cualquier realidad; requieren, en principio, un ambiente que permita un mínimo de confianza entre encuestador y encuestado.

Si en el escenario social abunda el miedo y la incertidumbre –donde algunos puntos de vista pueden ser opacados–, el público no estará cómodo para decir lo que piensa, menos frente a un extraño. Por ello, los resultados obtenidos en medio de una convulsión social, con múltiples paros y un estado de emergencia, no puede tener suma relevancia. No faltará quien discrepe y afirme que normalmente interesa medir escenarios de controversia, sin embargo, no debemos olvidar, además de que el conflicto cajamarquino supera cualquier situación estándar, que en las últimas elecciones, y frente a candidatos polémicos, se uso el método simulación de ánfora, justamente para evitar la presión social.

Los datos técnicos más relevantes de una encuesta son el margen de error y el nivel de representatividad (que señala la confianza con la que se pueden extrapolar resultados). Si no existen estos criterios técnicos estamos frente a un sondeo, es decir, una medición cuyos resultados no pueden explicar más allá de lo que pasa con los encuestados. Cuando miramos la encuesta sobre Conga vemos que carece de margen de error y nivel de representatividad. Si seguimos leyendo vemos que la muestra es deficiente y que si calculáramos el margen de error este no sería aceptable. Esto nos indica que realmente estamos ante un sondeo y que, superficialmente, se han tomado los resultados como representativos de toda la región. Se olvida que solo se estudia a una provincia que representa menos del 25% de la población beneficiaria del Canon y que, incluso allí, un sondeo no es definitivo.

Desde luego que no podemos denunciar mala intención de la empresa encuestadora: la ficha técnica es clara y nos advierte de los límites del sondeo; además, se trata de un trabajo comparativo con Arequipa y que no tiene como finalidad ser concluyente sobre Conga. Lo que sí es denunciable es la facilidad del gobierno para caer en la ‘encuestitis’, olvidándose, por ejemplo, que en estos resultados no se refleja la población que marchó por la paz hace unos meses.

Docente

Facultad de Comunicación

Universidad de Piura

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