Los mitos no nos determinan aunque nos atraigan.

Por Carlos Arrizabalaga. 18 octubre, 2012.

La literatura contiene mensajes que a veces se vuelven símbolos colectivos: el loco individualismo de don Quijote o la incontinencia enamoradiza de don Juan son mitos clásicos españoles. Américo Castro y otros intelectuales trataron de definir con ellos el casticismo como esencia de lo hispánico.

El despojo de un mundo ancho y ajeno y la orfandad entre ríos profundos crean un efecto espejo y se convierten en imágenes prototípicas del espacio andino. Los escritores expresan aspectos de la realidad entre otros muchos. Algunos se convierten en estereotipos y signos de identidad, pero no son parámetros que se impongan sobre el carácter o el comportamiento de toda la colectividad.

Los mitos no nos determinan aunque nos atraigan. Pueden darnos respuestas útiles para nuestra propia existencia, pero esta es esencialmente cambiante. Los desplazados de ayer son ahora sectores emergentes que exportan y prefieren otros libros menos desgarrados. La lectura de Ciro Alegría o de Arguedas se vuelve lejana. Pero igual muchos siguen privilegiando aquellos textos que responden a una visión más ideologizada y política de la literatura, y minimizan la importancia de Pardo y Aliaga, Ventura García Calderón y López Albújar.

Fuertes corrientes de opinión dirigen hoy la interpretación de la literatura peruana como expresión de un conflicto permanente e insuperable, condenados a la pobreza. Los radicales se imponen y los alumnos se aburren. Es por supuesto una visión izquierdista.

Seleccionan siempre «Al pie del acantilado» y «Los gallinazos sin plumas» de Julio Ramón Ribeyro. Excelentes, pero no tan significativos. Escogen «Con Jimmy, en Paracas» de Bryce Echenique; de Vallejo, «Paco Yunque», y de Ciro Alegría, «Calixto Garmendia». Son cuentos extraordinarios pero hay otros mejores o más respresentativos. Nunca faltan Congrains, Cronwell Jara, Watanabe o Ampuero y de paso meten propagandistas de contrabando disfrazados de escritores, excluyendo a figuras como Bonilla, Carlos Pareja, Vegas Seminario, César Miró, Izquierdo, el tío Lino, Zavaleta, Diez Canseco o Durand, que han sido injustamente olvidados.

Ahora que se viene el plan lector revisemos con prudencia la selección literaria que leerán nuestros hijos, no vaya a ser que esté direccionada estratégicamente por una ideología que promueve conflictividad y resentimiento, e ignora buena parte de nuestra literatura. Hay que renovarse.

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