16 Ene 2014

La constitución según Hakansson

En los últimos meses se nos ha vuelto a hablar de la necesidad de una Reforma Constitucional; pero, ¿hace falta una nueva Carta Magna?, ¿Para qué la queremos? Carlos Hakansson Nieto, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Piura, planteó algunas propuestas. Una de ellas es que la nueva Constitución no debe ser un catálogo de ilusiones.

Por Julio Talledo. 16 enero, 2014.

Profesor Carlos Hakansson Nieto, docente de la Univeridad de Piura.

Profesor Carlos Hakansson Nieto, docente de la Univeridad de Piura.

En los últimos meses se ha vuelto a hablar de la necesidad de una Reforma Constitucional; pero, ¿hace falta una nueva Carta Magna?, ¿Para qué la queremos? Carlos Hakansson Nieto, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Piura, planteó algunas propuestas. Una de ellas es que la nueva Constitución  no sea un catálogo de ilusiones.

La pasión de escudriñar en la Constitución actual y plantear cómo debiera ser la nueva, empezó durante el invierno de 1995. En esa fecha, en España, Carlos Hakansson inició la aventura de su doctorado y la culminó con la calificación máxima por unanimidad. Luego, publicó su tesis y después fue invitado a congresos y talleres, a dictar lecciones inaugurales, dar entrevistas escritas, radiales y televisivas para explicar su teoría.

Dice que la Carta de 1993 es polémica desde su nacimiento. A los empresarios les gusta por su claridad en el planteamiento económico, los constituyentes de 1979, la detestan por provenir de un golpe de estado y los políticos contemporáneos pueden dividirse en tres grupos: los que desean una nueva Carta Magna, los que solo piden reformarla, y aquellos que todavía parecen mostrarse indiferentes al problema.

Para Hakansson, el camino más prudente sería la reforma constitucional, pero al final no descarta que se convoque a una Asamblea Constituyente si las circunstancias políticas lo permiten. Pese al camino escogido, espera que la nueva Carta Magna no repita los errores de sus predecesores. En primer lugar, “no debe ser muy reglamentista, que contenga solo aquello que puede cumplir y no más de lo que puede ofrecer. En el preámbulo, debe reconocer su vocación para realizar progresivamente los derechos sociales, pero que no los enumere detalladamente  porque volveremos  a tener un catálogo de ilusiones. Por ejemplo, una Carta Magna que declare que un porcentaje del presupuesto será destinado a la salud cuando sabemos que los hospitales a veces no cuentan con aspirinas”.

“Hay que ofrecer claridad acerca del verdadero sentido y finalidad de una Carta Magna. La visión del derecho constitucional que tenemos la mayoría de peruanos es que las constituciones deben ser algo muy parecido a un ideario, a un compendio de aspiraciones y metas por alcanzar algún día lejano, pero no es así. La Constitución  nació como un pacto para garantizar la libertad, reconociendo la legitimidad de un gobierno, de los legisladores y los jueces, a cambio de que ellos respeten nuestros derechos fundamentales. Su incumplimiento  conlleva a disolver ese pacto para nombrar a nuevos representantes”, explica.

¿Entonces la Constitución es fundamentalmente sinónimo de pacto?

La Constitución es un pacto de límites al poder. Por eso, la visión del constitucionalismo para el siglo XXI debe hacer prevalecer la idea de que una Carta Magna es, ante todo, un acuerdo entre gobernantes y gobernados, de lo contrario será muy difícil que funcione y perdure en el tiempo; además, una vez redactada y aprobada por referéndum, no debemos discutir su contenido; es decir, los ciudadanos debemos hacer con ella casi un “acto de fe”, como lo han hecho otros países sin larga tradición democrática. Esta receta incluye poner en marcha toda una “ingeniería constitucional” para buscar fórmulas que aseguren la estabilidad de nuestra forma de gobierno y alternancia política en un sistema democrático.

¿Cuál podría ser una fórmula para asegurar la gobernabilidad?

Dado que tenemos un Congreso multipartidario, una fórmula podría consistir que el Parlamento sea el encargado de elegir al Presidente de la República entre los dos principales candidatos, si ninguno obtuvo la mayoría absoluta en primera vuelta. De esta manera si el Parlamento no es capaz de nombrar, también por mayoría absoluta, a un Jefe de Estado en dos votaciones consecutivas será clara señal de una futura ingobernabilidad. En ese caso, la Constitución dispondría que el Congreso disuelva y el gobierno en funciones convoque  a un nuevo proceso de elecciones generales. De este modo, eliminamos la segunda vuelta electoral porque en más de una ocasión se ha pervertido el sistema (votar en contra de alguien) y aseguramos la estabilidad política con un Presidente de  consenso. Es evidente que se trata de un “parche constitucional”, pero no nos quedan muchas opciones hasta que disminuya el número de representaciones políticas en el Congreso.

¿Necesitamos apostar por un sistema presidencialista, un parlamentarista o un sistema mixto?

Las constituciones peruanas se han aproximado al modelo presidencialista. No obstante, las últimas cartas magnas, sobre todo la actual, incorporan casi todas las instituciones del parlamentarismo con la finalidad de atenuar el poder del jefe de Estado. Aunque los problemas del presidencialismo debieron resolverse con los propios mecanismos de esta forma de gobierno, nuestro país todavía adolece de algunos requisitos para que funcione un modelo presidencialista puro: una efectiva división territorial del poder y un sistema de dos partidos en el Congreso. Como habrá que esperar, todavía tenemos que importar “los remedios” de otros sistemas sin que ello produzca, necesariamente, la plena salud del paciente.

¿Con ese  sistema saldrían de carrera los partidos locales?

En diez años debemos logar que el Parlamento no tenga más de cuatro partidos políticos (dos grandes y dos pequeños que moderen sus drásticos planteamientos). Un Congreso multipartidario es inconveniente para mantener la estabilidad política y la viabilidad de una forma de gobierno. Es necesario establecer barreras electorales para impedir numerosas representaciones en el Congreso. España y Alemania lo lograron, Chile también. Es indudable que esta medida cortará las alas a todos aquellos que tienen sueño del partido propio, pero el ejercicio de la política también debe dimensionarse en una futura reforma del Estado. La creación de verdaderos partidos políticos nos ayudará a la consolidación de un sistema que nunca hemos tenido en el Perú. Con ello también se abre paso a la democracia interna de los partidos, a la claridad de sus idearios, su personería jurídica y organización. Debemos tener en cuenta también que las sedes partidarias no son locales compuestos por una mesa y silla de plástico, sino instituciones que tengan la infraestructura adecuada y la logística necesaria para trabajar.

¿Se necesita entonces tener óptica de la política?

Efectivamente, se trata de valorar la política como el arte de lo posible, de escoger un camino para realizar determinadas metas y estar en capacidad de plantear las siguientes preguntas: ¿Qué rumbo queremos tomar?, ¿A dónde nos llevará y cuál será su precio? No hay que olvidar que de la política depende  que tengamos trabajo o no, una adecuada política de salud, la calidad de la educación que queremos, cuáles serán las prioridades de la inversión en los próximos años, en cuáles exportaciones deseamos ser los primeros en el mundo, que país deseamos de aquí a cincuenta años. Y hay que tener en cuenta que un texto constitucional no puede resolverlo todo; por eso, para comenzar con realismo un proyecto democrático debemos reconocer que la democracia en nuestro país se resume en elegir a nuestros gobernantes cada cinco años, por ese motivo no cumplimos con los estándares mínimos.

La democracia es una semilla que crece, que va echando raíces, que se va fortaleciendo y con el paso del tiempo vamos a ver esos frutos; habrá partidos políticos que crezcan y otros desaparecerán es la ley de la vida política. En otras palabras, no hay que detenernos en las hojas que caen, sino en que las raíces se fortalezcan. Además, la democracia, a diferencia de otros modelos políticos, es el único sistema que permite la autocrítica; ya que en los demás la libertad podría verse amenazada cuando encuentra disidentes. Las críticas a la democracia la refuerzan, aunque no lo parezca a simple vista; porque la libertad de expresión empieza a manifestarse y eso genera el diálogo y la tolerancia; en otras palabras, la verdadera vida política.

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Carlos Hakansson Nieto es el actual Director de Estudios de la Universidad. Es Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra. Complementó su formación en la Universidad de Santiago de Compostela y en la Biblioteca Bodaleian de la Universidad de Oxford. Es catedrático Jean Monnet nombrado por la Unión Europea. Actualmente, es miembro de la Asociación Peruana de Derecho Constitucional.

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 Entrevista realizada en el año 2004.

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