Foto: Freepik.

Carlos Robles recordaba que su abuela llamaba la atención a una doméstica, al notar que le ‘hervía la boca’, y le reclamaba: “¡qué reveseas!”. Se dice “revesear” por hablar maliciosamente de terceras personas, lo que hoy ya casi no se hace en las cocinas sino en las redes y los medios de comunicación, que rápido tildan de cantinflesco para arriba al primero o primera que se les cruza en su camino. Lo que se dice “rajar” a o de alguien, “ir con el chisme” o “maletear” era el reveseo piurano.

Arámbulo Palacios lo trae con disgrafía y epéntesis propia de la pronunciación popular, tal como aparece en los relatos de Vegas Seminario: “qué reveceyas negro tinto como la asadura”. Derivado de “revés” (del latín, “reversus”), que es lo que ves a la espalda de algo, fácilmente se aplica al lado oscuro o negativo de la vida.

Es metáfora por “revesero”, que registran el padre Esteban Puig y Carlos Arellano Agurto para este piuranismo que antes era común en todo el Perú y todavía hoy en Arequipa como en Bolivia tiene la acepción de “desleal” y en Costa Rica se decía de la persona que responde de forma grosera o malcriada. Lo empleaba ya un tal Moisés Flores, vecino de Pomabamba, en carta al presidente Riva Agüero (1836), para referirse a un fulano que es “nocivo, tanto más cuanto es hipócrita y revesero”.

El origen del término proviene de los camales, porque se llamaban así unos cuchillos con doble hoja traicioneros. Consta en el contrato de arrendamiento que otorga don Juan de Sojo al capitán Juan de Palacios del trapiche de Morropón (1705): “una lima vieja, una romana, tres cuchillos reveseros”, etc. En España llaman popularmente “una puñalada trapera” a la infamia, con metáfora similar. Pero, como decía Diego de San Pedro, “porque en detenerme en plática tan fea ofende mi lengua, no digo más”.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

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