El ciudadano-masa postmoderno está aquí y ahora. Es el mismo que construyó J. Ortega y Gasset en los años treinta y que en Perú aparece diariamente, manifestándose con mayores intervenciones en periodo electoral. Son verdaderas tribus que no tienen una ideología ni un hilo conductor tras un valor. No les importa ni la Constitución, ni la República, ni las formas de democracia participativa y representativa, ni los héroes, ni otras personas distintas que pisaron este suelo nacional. Tampoco atesoran una conocida vida partidaria, asociativa o de comunidad vecinal, simplemente son, dicen y hacen bajo la colectivización de roles.

Este ciudadano tan singular no asume, o intenta auto-engañarse, que no existen consecuencias por sus actos, porque todos los efectos producidos se difuminan tras la masa. En consecuencia, si desmitificamos este fenómeno son expresiones democráticas de la irresponsabilidad. La masa vulgariza la vida pública, caricaturiza las expresiones del poder, es contestataria de redes, dialogante consigo misma, buscadora incasable de una legitimidad más allá de la democracia de los votos, destructora del ajeno con afilados argumentos de pocos caracteres y muchos compartidos, defensora del griterío telemático y constructora de una sociedad a la medida del grupo propio (no de todos).

El ciudadano-masa tiene una participación innegable en nuestra sociedad, tiene que ser estudiado, escuchado y atendido. No cabe el desprecio porque los números aumentan y tienen derechos como todos (a pesar de la pérdida de individualidad). Sin embargo, como bien dijo el gran filósofo español, lo más importante es cuidar que los numerosos colectivos no se acerquen a las posiciones totalitarias o regímenes de “regresión sustancial”.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

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