12 Abr 2021

Cristianos, política y libertad personal

Como es sabido, desde antes de la era cristiana, los seres humanos se ocupaban de los asuntos de la ciudad, que entonces se llamaba polis (de ahí viene la palabra política). La polis era la ciudad-estado y los ciudadanos se interesaban, discutían, participaban, en las cuestiones que les competía como miembros de ella, en su condición de ciudadanos.

Luego, con el advenimiento del cristianismo, la historia de la humanidad se divide en dos grandes períodos: antes de Cristo y después de Él. La irrupción del mensaje cristiano si bien fue preparándose paulatinamente, llega a su plenitud con la venida de Jesucristo a este mundo. A partir de entonces, con la buena nueva del amor divino aparece un reto inmediato: impregnar de esos valores cristianos la vida y la historia no sólo de esa generación, sino de todas las que continuaran.

En esta línea, en la Iglesia católica la fuerza para realizar esa tarea se da a partir del bautismo y de los demás sacramentos, por los que se recibe la gracia divina y empieza a “correr por las venas” del bautizado la vida divina que eleva su condición humana a la de hijo de Dios. Los primeros cristianos lo entendieron así, y sin mayores pretensiones, con mucha sencillez, sin apartarse del mundo, se dieron a la tarea de empapar de esos valores cristianos a la sociedad en la que vivían, sus ocupaciones, sus instituciones, etc.; es decir que se empeñaron en la tarea de santificar lo humano, cada uno desde el lugar en que estaba.

Posteriormente, aún con buenas intenciones, se fue desdibujando esa tarea, hasta llegarse a considerar que sólo unos pocos podían realizar esa maravillosa labor santificante y santificadora, pero que el resto -la gran mayoría- serían cristianos de segunda categoría, que no tenían que aspirar a la santidad, sino sólo conformarse con unas cuantas prácticas.

Sin embargo, lo que aquello trajo como consecuencia es que como los cristianos de “primera categoría” eran pocos -comparados con la multitud de los demás- de los de a pie, la presencia de Jesucristo en el mundo fue disminuyendo hasta casi hacerse extraña; por ello aún ahora a algunas personas les extraña que alguien que se dedica a la vida política rece, acuda a los sacramentos, etc.

Pero, como se sabe también, a comienzos del siglo pasado, San Josemaría lo recordó y luego lo ha proclamado el Concilio Vaticano II, que la llamada a la santidad es para todos, de manera que ahora el cristiano tiene abiertos los caminos divinos de la tierra, para que a partir del bautismo todos siendo cristianos de “primera”, absolutamente todos pueden aspirar a la santidad por la inhabitación de la vida divina en sus almas y a partir de ahí santificar las diferentes realidades humanas, como la vida familiar, laboral, social.

Como naturalmente, dentro de esa vida humana ordinaria, se encuentra la vida política hay que santificarla también, tanto si se funda un partido o se milita en él como si no. En uno y en otro caso cada cristiano metido en la sociedad en la que le ha tocado vivir, debe tratar de fecundarla con los valores cristianos, elevarla a Dios, por lo que debe tratar de ser coherente con esos principios y contribuir a hacer de este mundo un lugar más justo y solidario, donde sus hijos, los hijos de sus hijos y todos de los demás, puedan vivir como seres humanos.

Evidentemente si lo quiere hacer bien tendrá que formarse adecuadamente para tener criterio y libre iniciativa acerca del modo como los valores cristianos empapen la sociedad, respetando la legítima libertad de quienes, como él, forman parte de la sociedad, tratando de aprender de las diferencias, aportando su “granito de arena” para aportar al bien común. Nadie le puede obligar a fundar un partido, militar en él o no hacerlo, cada quien es libre pero lo único que se espera de él es que trate de ser coherente en su vida cristiana.

De ahí que si alguien dentro de su vocación cristiana recibe la llamada a ejercer la política partidaria, tendría que ser consciente de su vocación, con todo lo que ella requiere, pechando con su propia libertad y personal responsabilidad sus actos; por eso ni la Iglesia ni sus prelaturas tienen un partido político, precisamente porque respetan la libertad de sus miembros, dentro de las cuales caben diversas opciones, lo único que se pide es coherencia con esos principios cristianos como el defender la vida, la familia, la verdad, la justicia, la libertad, la honestidad, etc., que eso sí no son valores negociables.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

Comparte: