26 Abr 2021

El cambio más drástico que se ha experimentado en la educación en los últimos tiempos es el paso de la presencialidad a la educación remota, motivado por la crisis sanitaria. Como todo cambio, este viene generando preocupaciones en los diversos agentes educativos, situación que bien puede encaminarse hacia el planteamiento de nuevos escenarios de aprendizaje […]

Por Moises Pariahuache. 26 abril, 2021.

El cambio más drástico que se ha experimentado en la educación en los últimos tiempos es el paso de la presencialidad a la educación remota, motivado por la crisis sanitaria. Como todo cambio, este viene generando preocupaciones en los diversos agentes educativos, situación que bien puede encaminarse hacia el planteamiento de nuevos escenarios de aprendizaje que contribuyan a la formación de personas amantes de la verdad, la virtud y el buen obrar.

En las políticas educativas se propone el desarrollo de competencias (veintinueve competencias según el Currículo Nacional) y, en el día a día, se demanda y aprecia la práctica de la virtud; siempre se valora y se admirará a la persona de buen carácter, No obstante, encaminarse hacia esos tipos de excelencia no se hace por casualidad, sino que amerita un proceso formativo continuo donde el aprendiz muestra apertura por su perfeccionamiento y los otros procuren escenarios capaces de inspirar y provocar experiencias de aprendizaje significativas.

La escuela, como comúnmente se conocía, representaba un ámbito de encuentro con nuevos saberes y un espacio de interrelación social; para bien de muchos niños, cada día de clase era una renovación de su esperanza, se ilusionaban tanto con el inicio de clase como con la finalización y día a día transmitían ese entusiasmo. Con la educación remota y la poca movilidad social a causa de la pandemia, hay una tendencia a caer en la rutina y la pasividad; ante ello, las familias tienen el reto de pensar en nuevos escenarios formativos para sus hijos dentro de casa.

Siempre se ha aprendido en casa; pero, este año se espera que en los espacios familiares también se desarrollen objetivos específicos de la educación formal. Esa nueva meta amerita una reorganización familiar y la cooperación entre familia y escuela: tanto padres como docentes deben descubrir nuevos ámbitos formativos para los niños; es decir, procurar un conjunto de condiciones que hagan posible la germinación de nuevos saberes.

Los escenarios de aprendizaje demandan lo siguiente: espacios, acceso a recursos educativos y acompañamiento orientador del que se puede ir prescindiendo, según el grado de autonomía que vaya consiguiendo el niño. Lo esencial será contar con un espacio de estudio y mejor si se cuenta con mobiliario acorde a las características físicas del usuario, además, que en este se pueda tener control de la iluminación, el ruido o la ventilación. Estos factores ambientales, por sí mismos, no determinan el aprendizaje; sin embargo, su precariedad sí afecta los niveles de atención y deteriora las posibilidades de aprender; es en este punto en el cual la comunidad también puede ayudar tomando conciencia de lo perjudicial que resultan los sonidos excesivos y evitando interrumpir a la niñez que quiere estudiar en sus hogares.

En cuanto a los recursos educativos, las familias -en la medida de sus posibilidades- pueden procurar materiales que motiven la curiosidad, el análisis, la creación y, en general, el buen uso del tiempo; por ejemplo: una biblioteca en casa que les abra las puertas a la cultura; un minitaller que permita la exploración o transformación de algo -puede despertarse la curiosidad por la química y biología en la cocina; por la física y la tecnología con un juguete; por la economía e historia con la transformación de materiales, etc.-o; un ámbito para el cultivo de talentos personales. A la niñez le hace bien y le divierte trabajar en el desarrollo de habilidades: artísticas, musicales, lingüísticas, lúdicas, deportivas, etc., estas son muy necesarias para la educación integral; todo esto mediado por una dinámica de diálogo respetuoso que permita el encuentro y la valoración de la grandeza de cada miembro del hogar.

Por otro lado, el profesorado tiene el desafío de optimizar los recursos que, a la par de ser asequibles a la población estudiantil, le permitan desarrolla su tarea educadora: enseñar, dialogar y retroalimentar. Hay casos de instituciones locales que editan e imprimen material de estudio y lo llevan a la vivienda de cada niño y luego los recogen para la retroalimentación respectiva. Parece una intervención simple, pero es un claro ejemplo de solución de un problema real, articulación institucional y compromiso profesional. En otros casos, dotados de mayor tecnología, van consolidando prácticas de enseñanza que podrían resultar viables de expandirse y consolidar objetivos nacionales como el de llegar a ser un país bilingüe.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

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