03 May 2021

La sabiduría de no intervenir

Han concedido el Premio Pritzker, el más importante de la arquitectura, al estudio Lacaton & Vassal. En 1996, el ayuntamiento de Burdeos propuso a ese estudio rehacer la Plaza Léon Aucoc. Tras conversar con los vecinos (que amaban sentarse allí o jugar a la petanca), el estudio propuso no hacer nada. Solo limpiarla más a menudo.

La modernidad, con Francis Bacon a la cabeza, entendió que el ser humano debía ser –ante todo– “homo faber”: el que hace o fabrica. De ahí que, en el Fausto de Goethe, el protagonista traduzca “En el principio existía la Palabra” del Evangelio de Juan por “En el principio existía la Acción”. Y es cierto que la voluntad, la ciencia y la técnica han transformado el mundo de modo muy positivo.

Pero, el ser humano, arrojado al mero activismo, se ahoga en un mar de pasiones e inmediatez. Es lo que explicó Jesús, apelando a los pájaros y los lirios del campo, imbatibles en su belleza (Mt 6:25). O lo que los filósofos griegos condensaron en el ideal de “ataraxia”: la serenidad de espíritu, la ausencia de turbación. O lo que –en parte– refleja el ideal budista del “nirvana”.

“No corras, que llegarás tarde”, me decía un maestro. La tentación de lo cuantitativo nos aguijonea: más libros, contactos, vestidos, experiencias, palabras, debates, dineros, posesiones, etc. Queremos hacer, dejar huella, exhibir talentos. Que nos vean. Que nos aplaudan y celebren. Y nunca nos contentamos: quien tiene, siempre quiere más.

Tal vez deberíamos aprender –de los antiguos– la sabiduría de no intervenir. No hace falta ser la sal de todos los platos, ni el novio o la novia en todas las bodas. Más quietud nos aportará más felicidad. Y lo agradecerá la realidad que, a menudo. es bella como está. Como era bella y acogedora, en la dorada tierra de los viñedos, la Plaza Léon Aucoc.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

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