08 Jun 2021

Piura a fines del siglo XVIII e inicios del XIX

Doscientos años después, esa esperanza se renueva en las generaciones que no olvidan la proclama de un país libre e independiente para forjar y alcanzar su desarrollo.

Por Pavel Elías. 08 junio, 2021. Publicado en El Peruano

Foto: EL PERUANO.

Asistimos a un momento de celebración y reflexión, en torno a la conmemoración de los doscientos años desde que se alcanzara la independencia en nuestra patria. Esta se gesta durante las décadas anteriores a 1821, entre incertidumbres, dudas, miedos profundos sobre lo que pasaría luego, injusticias, rebeliones, conspiraciones (en la tertulia familiar y amical); en fin, dentro de una sociedad virreinal peruana que había cambiado mucho desde 1532. Claro está, en los peruanos a favor de la independencia también había esperanza, certezas y promesas de una vida mejor.

Entender el proceso de independencia peruana supone fijarse en el tiempo anterior a 1821 y comprenderlo como un fenómeno social y humano antes que militar, tal como lo señalaba el doctor José Agustín de la Puente Candamo. Esto se refleja, por ejemplo, en el partido de Piura, cuando aún pertenecía a la intendencia de Trujillo en el norte de la Audiencia de Lima.

Hacia 1790, Piura tenía una población de 44 497 habitantes: 2955 españoles, 24 800 indios, 10 655 mestizos, 5203 pardos y 884 negros. La capital, Piura, contaba con 7203 habitantes. La población más numerosa era la indígena y le seguían los mestizos; sin embargo, los españoles (incluidos los criollos), a pesar de no ser numerosos, era el grupo social más poderoso e influyente en el ámbito económico, político y social.

Durante los primeros años del siglo XIX, la población indígena afrontaba grandes problemas y tensiones. Documentos revisados en el Archivo Regional de Piura recogen su agobio por el cobro de tributos que adeudan, las demandas de juicios donde piden a la autoridad hispana su restitución como autoridades del pueblo (alcaldes o cobradores de tributos), las denuncias por abigeato e invasión de tierras, reclamos por la recaudación excesiva y exigencia en el pago de diezmos y prohibición a los indios de la sierra de comercializar botijas de aguardiente de caña con pueblos de los llanos.

A la par, llegaban noticias y órdenes vinculadas a la situación en España y la invasión de Napoleón, iniciada en 1808. Así, en todo el partido de Piura (y en el resto del virreinato) se manda a rezar por “el Rey, la Religión y la Nación española” para que pronto tenga fin dicha invasión. Se piden también, a través del púlpito y de las autoridades civiles, donaciones para “la defensa de la madre patria” y para sostener “al ejército acantonado en la línea divisoria de este virreinato con el de Buenos Aires”.

En este difícil momento que atravesaba la Monarquía, se conformaron en varias ciudades de América hispana Juntas de Gobierno en apoyo del rey cautivo y a las cuales el virrey Fernando de Abascal ve como un peligro, desconfiando de su fidelidad, por lo que las enfrenta, a tal punto que se interceptan las cartas que portaban sujetos sospechosos de confabular contra España.

En esta época, encontramos delitos que antes no abundaban en la magnitud con que se presentan en estos tiempos convulsos y que tenían como protagonistas a indígenas, mestizos e incluso criollos que convivían en los antiguos pueblos de indios. Son los delitos de asonada, desórdenes, motines, conmoción popular, excesos de orden y tropelías, sublevación y desobedecimiento que la autoridad real señala que se producen en pueblos como Colán, Catacaos, Sechura, Frías, Huancabamba, Huarmaca, Sóndor, Sondorillo, Motupe, Olmos y Penachí, por mencionar algunos.

¿Son estos movimientos populares separatistas? ¿Demuestran una actitud contraria al Rey de España? Demuestran inconformidad contra el mal gobierno de la Corona tal vez; pero, no tienen en esos momentos aún un tinte ni connotación separatista. Solo un caso, acaecido en Huarmaca, podría ser la excepción: se acusa a un vecino de ser revolucionario porque un testigo señaló que lo escuchó afirmar que se investiría como Rey.

Acercarnos a estos tiempos del pretérito, a esa vida cotidiana, nos ayuda a sentir cómo se iban respirando esos aires nuevos. Conforme se acercaba el momento de definiciones, cada uno de estos pueblos se irá decantando finalmente por la separación de España, dado que veían en la independencia lo que Jorge Basadre denominaba “la promesa de una vida mejor”.

Doscientos años después, esa esperanza se renueva en las generaciones que no olvidan la proclama de un país libre e independiente para forjar y alcanzar su desarrollo.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

Comparte: