Impuesto al piajeno

Carlos Arrizabalaga Lizárraga

Jorge Moscol Urbina (JEMU) escribió cuentos magistrales, y entre ellos un relato divertidísimo: “El impuesto al piajeno”, en que narra cómo en el pueblo de La Unión el gobernador impuso un impuesto de tres reales por piajeno que pasase por el pueblo, lo que era “una barbaridad” y verdaderamente “¡un montón de plata!” para el astuto arriero, que demoraba una semana en ir y regresar de Sechura “con todos los piajenos cargados de sal”.

Finalmente, el cholo sechura se las ingenia para no pagar (aunque sea “por esta vez”), haciendo compadre al gobernador Tirado con el cuento de que su mujer quería que sea “padrino de uñas del churre” (cuando ya no podría serlo de bautismo ni de más). Y termina en un aspaviento:

“¡Velay! De juro que si no luago compadre me cobra el impuesto al piajeno, el muy…”[1]

El galicismo aparece dos veces en la tradición de Ricardo Palma titulada “El puente de los pecadores”, publicado en 1880, en que se cuenta cómo las acémilas también pagaban un real de peaje:

A la cabeza del bando oposicionista y asustadizo estaba don Ignacio Fernández Estrada, hacendado influyente, quien obtuvo del virrey licencia para construir un nuevo puente sin gravamen del real tesoro, pero concediéndosele, durante treinta años, el derecho de cobrar medio real “de peaje” a cada persona, y un real por cada acémila. (…) Y Fernández Estrada empezó desde ese día a hacer caldo gordo con los maravedises que cobraba por “derecho de peaje”.

Ese puente huaurino finalmente se destruyó antes que el viejo que causara tanto alboroto. Igualito se vino abajo el puente viejo de fierro de Piura al paso de un trailer, en 1981, el que fue definitivamente destruido por el fenómeno del Niño el año 98. Este puente había sido construido con el apoyo generoso de Miguel Checa y otros bienhechores e inaugurado el 3 de mayo de 1893, luego de que las lluvias se llevaran por delante, el verano de 1891, el puente de madera que costeara el pintor Ignacio Merino.

Juan Paz Velázquez detalla cómo el 13 de julio de 1900 Enrique Coronel Zegarra establecía esas tarifas desde la Dirección de Obras Públicas toda vez que la Junta Departamental de Piura había cancelado íntegramente al contratista Carlos Findlay el costo del puente, por lo que reasumió la administración directa del puente. El nuevo puente de fierro piurano (el puente viejo del que habla la canción “Rosal viviente”) costó setenta mil soles de la época y en él se estableció también un pago por “derecho de pontazgo” en el que se pagaba de tarifa, a inicios del siglo XX tres céntimos por bestias mayores con carga o jinete y dos céntimos por bestias menores, “en las mismas condiciones”. No se utilizaba el término “peaje”, recuerda Alvarado Chuyes, sino “arbitrio de pontazgo” o, simplemente “tarifa”.

La situación de las carreteras hacia 1919 era descrita con desesperación por Pedro Dávalos y Lissón señalando que Perú se encontraba “poco más o menos como en los tiempos de la colonia”, denunciando que “nada ha contribuido tanto al atraso moral y material en que está el Perú como la falta de vías de comunicación”.

Así pues, en 1939 el presidente de la República, general Óscar Benavides, pronunciaba un solemne discurso en el Congreso de la República donde daba cuenta de todos los importantes aportes de su gobierno, entre los que destaca de modo muy especial la construcción de carreteras en un ambicioso plan vial en el que quedó prohibido cualquier cobro de peajes.

El ambicioso plan vial “eje céntrico del progreso nacional” consiguió, en tan solo seis años, integrar el territorio nacional vertebrando la economía y el comercio. Ningún obstáculo podía impedirlo, ni siquiera los viejos arbitrios impuestos por las municipalidades, responsables de los caminos y puentes por la vieja ley de caminos de 1857. El texto de la ley 08265 promulgada por Benavides, efectivamente, el 9 de mayo de 1936, declaraba taxativamente prohibido el cobro de “cualquier arbitrio de peaje, pontazgo o impuesto de cualquiera naturaleza, sobre el tráfico de pasajeros, vehículos, carga o ganado”.

Cómo no, en Piura, las lluvias de 1939 retrasarían un tanto la terminación de la carretera. También en 1926, luego de las terribles lluvias del 25, se había intentado otorgar una concesión –según Jorge Moscol– para construir la carretera Piura a Paita que no prosperó, en la que se consideraba el “cobro de un arbitrio de rodaje durante veinticinco años” (dice rodaje y no peaje) que no permitía el paso de carretas, acémilas ni ganado, “para no estorbarlo”. La concesión nunca se dio, de todos modos. La única carretera existente, al parecer era la que unía Sullana y Talara. Así, el viaje a Olmos, en 1934, demoraba ocho horas, según recuerda José Vicente Rázuri:

Salir de Piura sin más carreteras que cinco kilómetros hasta la rotonda “Franco    Echeandía”, y seguir después un camino completamente arenoso, era cosa terrible.”

Tal vez el arbitrio del puente hizo que dijeran a los burros “peajenos” (y de ahí se pensó que eran “pie ajenos”), pero no termina de ser una hipótesis convincente. Además de que no se comprueba que el término se usara en Piura, hay que señalar que los arrieros vivían en Tacalá (la actual Castilla), al otro lado del río, y pasaban las mercancías por el endeble puente de palos que la conectaba con el Tacalá castellano a la altura del viejo mercado (donde hoy está la Corte Superior de Justicia): “construcción rudimentaria administrada por una persona que cobraba diez centavos por derecho de paso”, relata Víctor Jara en una de sus añoranzas.

El comerciante lambayecano Juan Manuel Balcázar, quien se asoció con Calixto Romero en 1901, anotaba en sus cuadernos, señala Moscol Urbina, los nombres de cuarenta y un arrieros tacaleños (cuando en Catacaos mismo sólo vivían seis).

El regionalista José Vicente Rázuri atribuye –sin ningún fundamento– la creación de piajeno al mismísimo Ricardo Palma. Otros creen, con menos fundamento todavía, que la palabra procede de tiempos virreinales. Murrieta lo incluye entre los vocablos vulgares de la costa, en 1936 y Martha Hildebrandt lo incluye en su tesis de 1949, dando por buena la etimología popular de “pie ajeno”. Por fin, Carlos Robles Rázuri llegará a exaltar, ya en los años 80, al humilde piajeno al reivindicarlo como “símbolo de Piura” por su trabajo y su amistad.

Finalmente, Luis Córdova Rumiche lo convirtió en protagonista indiscutible de una viñeta que diariamente se publica en este diario, con la figura de un amable y orejudo burrito, registrado en Indecopi, en 1996. Piajeno se ha convertido así, por ser “vocablo piuranísimo cien por cien”, en nombre propio, aunque sea de un personaje ficticio, que se ha merecido una magnífica exposición en estos días de la semana de Piura. Bueno fuera que la empresa que concesiona ahora la carretera apoyase, con algo de lo que se cobra del peaje, para la consecución de estas y otras iniciativas culturales.


[1] Jorge Moscol Urbina, “El impuesto al piajeno” en Romance en el coloche, Piura, CIPCA, 1991, págs. 15-20.

Docente.

Facultad de Humanidades.

Universidad de Piura.

Artículo publicado en el suplemento SEMANA, diario El Tiempo, domingo 23 de octubre de 2011.