Pérez Galdós: la Independencia de América en un novelista español

En alguna de sus cartas, Ricardo Palma destacaba entre sus prosistas predilectos al español Benito Pérez Galdós. Ambos gigantes de la narrativa en castellano compartieron prolongada amistad epistolar y mutua admiración. Así como Palma escribió sus ocho series de “Tradiciones peruanas”, Galdós publicaría cinco de “Episodios nacionales”, novelas que reconstruían toda la historia española del siglo XIX.

Las “Tradiciones peruanas” y “Episodios nacionales”, tan diferentes en forma y tema, comparten no obstante un profundo interés por la historia, entendida no como la simple reconstrucción decorativa del pasado sino como explicación de la realidad presente.

El periodo abarcado por los “Episodios” de Galdós incluía la independencia de las colonias españolas en América a principios del siglo. Aunque esta supuso el nacimiento de varias nuevas naciones y la “desaparición” de España como gran potencia, Galdós siempre la trata de manera secundaria; y, si bien la segunda serie de “Episodios” (sobre el despótico reinado de Fernando VII, 1814-1833) incluye inevitables referencias a la Emancipación, en sus años decisivos, estas apena ocupan unos pocos párrafos dentro del conjunto.

Estas referencias son, sin embargo, muy reveladoras de la manera en que España entendía entonces a América, tierra remota tanto a causa del océano como del desconocimiento. Como lugar de destierro; más de un personaje de los “Episodios” se ve amenazado de trasladarse a las Indias. Apenas se habla de la acción de los insurgentes en estos territorios: alusiones sueltas parecen identificarlos como “indios”, por asociación rutinaria de estos con la realidad americana. En parte, justificaría esta ignorancia que, en aquella época en que ya abundaban los periódicos, las noticias que afectaban a la monarquía española eran rigurosamente censuradas por el absolutismo.

Las lejanas guerras de América recibirán más atención cuando afecten la situación interna de la metrópoli. En “Memorias de un cortesano de 1815”, el rey en persona comenta con su camarilla de confianza la quiebra de la hacienda real: faltan los caudales de América a causa de la rebelión, a la que no se puede tampoco poner fin sin esos mismos caudales. El suspiro resignado de Fernando (“Hay que despedirse de las Américas”) va tomando forma en los siguientes “Episodios”. El cortesano Antonio Ugarte, magnate que habrá de amasar una fortuna gracias a la guerra, intenta animar al rey, pero él mismo aparece, en “La segunda casaca”, como pesimista. Es 1820 y llegan ecos de malestar entre la expedición que se preparar para embarcar hacia América: capítulos más adelante, el motín de los expedicionarios provoca la caída de la monarquía absoluta.

Las posteriores noticias de la pérdida de América son muy espaciadas. Hay dos sobre México: en “Siete de julio”, comentando las tensiones nacionales e internacionales que vive la nueva España liberal de 1822, se apunta que “Las Américas no eran nuestras, y en Méjico (sic) Iturbide tenía medio forjada su corona”; en “Los apostólicos”, con la derrota en Tampico (1830) del último intento reconquistador de España, “parecía terminada nuestra dominación en aquel continente”, por más que en el último episodio de la segunda serie, “Un faccioso más… y unos cuantos frailes menos”, acérrimos absolutistas aún se prometan que las Indias “se volverán a conquistar”.

Otra influencia de la independencia americana, posterior pero de mayor alcance, está en el papel que los viejos caudillos realistas desempeñarán, de vuelta a la Península, en la política española. Entre menciones incidentales de personajes históricos, surge en “7 de julio” un héroe “americano”, el general Pablo Morillo, como único capaz de enfrentarse tanto a las conspiraciones del rey como a la demagogia revolucionaria. Morillo es retratado como “militar denodado y buen caballero”, de “fama adquirida en aquellas fabulosas guerras de América, enfrente del gran Bolívar, (que) cuadraba perfectamente a su figura, que era hasta cierto punto una figura india…”. También será Galdós cronista de una nueva casta militar con decisiva influencia en las turbulencias políticas de la España del XIX, apenas inferiores a las americanas: los popularmente llamados “ayacuchos”, de quienes nos presenta un primer ejemplar en “Un faccioso más…”. Rufete, el “ayacucho”, vestido y acicalado según moda extendida entre sus camaradas (tupé y mechones sobre las orejas, bigote corto, perilla, patillas), da en 1833 un relato retrospectivo de cómo se vivió en el ejército español del Perú el mencionado episodio de 1820: “… La alegría era general. Algunos tuvimos el proyecto de proclamar la Constitución en el Perú (…). Los ‘libres’ deseábamos que la América adoptase el ‘sistema’, los traidores no querían sino hierro y sangre (…) ¿quién es responsable de que se perdiera la tremenda batalla de Ayacucho ? ¿Quién?…”.

Decepciona, en conclusión, que un cronista y fabulador tan minucioso de la realidad española del XIX no haya vuelto la mirada con más detalle hacia el nuevo continente. En su disculpa, hay que reconocer que cuando empezó a escribir los “Episodios” (1872), la independencia de las naciones americanas cumplía medio siglo en el que su relación política y cultural con la “madre Patria” podría, en general, calificarse de menosprecio mutuo. Esta tendencia no empezaría a cambiar hasta finales del siglo, con hitos como la celebración del Cuarto centenario del Descubrimiento de América en 1892 (cuando Palma y Galdós pudieron al fin conocerse en persona); en cuanto a los “Episodios nacionales”, solo uno se ambientará en Sudamérica para narrar un acontecimiento que afectó directamente al Perú: la guerra de 1866. Pero de “La vuelta al mundo en la Numancia” esperamos hablar en otra ocasión.

Docente.

Facultad de Humanidades.

Universidad de Piura.

Artículo publicado en el suplemento SEMANA, diario El Tiempo, domingo 24 de junio de 2012.