Las costumbres funerarias en Piura

Por Alberto Requena | Historiador y gestor cultural

La apertura y funcionamiento del Cementerio General (San Teodoro), en 1838, inició una serie de cambios en el conjunto de las costumbres funerarias de los piuranos. Algunas,  como los entierros al interior de los templos o la visita de los familiares a las criptas mortuorias de las iglesias en fechas especiales fueron desapareciendo; otras, aún subsisten y algunas nuevas han ido surgiendo.

Celebramos una vez más las Velaciones sin preguntarnos de dónde viene esta celebración; qué costumbres hemos heredado. Cuando hace 175 años comenzó a funcionar el Cementerio San Teodoro, Patrimonio cultural de la Nación desde el 2000, muchas de las costumbres  ya existían. Algunas se conservan, a pesar del tiempo, como: vestir a los difuntos con hábitos de santos o vírgenes, ofrecer misas para honrar a familiares; y los rezos o  la velación de los difuntos, el primer día de noviembre.

Varias costumbres desaparecieron y otras nuevas llegaron: los adornos florales, los ramilletes y las coronas, empezaron a ser de uso común en el camposanto; también, las largas romerías por el panteón; los conmovedores epitafios en las lápidas; los dulces para niños, entre otras novedades.

De las iglesias al cementerio

El cementerio nació con un reglamento, dejado por su fundador Francisco Javier Fernández de Paredes y Noriega, el Marqués de Salinas. Se normaba que si algún familiar fallecía, debía permanecer en el hogar hasta certificar su defunción. Y, antes del mediodía siguiente, debía ser llevado al panteón sin parar en alguna Iglesia. Se especificó también que el cortejo se detuviera a la altura de la Plazuela de la Cruz (hoy Cruz del Norte). En adelante, solo los familiares cercanos ingresarían al camposanto, siguiendo la calle del Panteón (actual avenida San Teodoro).

Para el traslado, se permitiría cortejo en carruaje, solo si el  difunto estaba en “un ataúd de madera decente bien cerrado”. Quedaron prohibidos los paseos en hombros, por las calles y las misas de cuerpo presente en templos ajenos al cementerio. Para evitar “cualesquiera confusión que desagrade a las buenas costumbres” se tocaría las campanas, según una estricta jerarquía especificada: por el fallecimiento del Patrón del Cementerio o sus familiares; del Mayordomo o Capellán, autoridades designadas por el Gobierno; de los que compraron nichos perpetuos; y, finalmente, de quienes pagasen tres pesos.

Entre velas y recuerdos

Pese al estricto reglamento, los piuranos mantuvieron vivas diferentes tradiciones virreinales. Durante gran parte del siglo XIX, se siguieron usando los hábitos de San Francisco, para los varones; y de la Virgen del Carmen, para las mujeres; en algunas partes subsiste esta costumbre, inclusive por algunos testamentos. También se mantuvieron las oraciones: en 1898, María Cardosa de la Cruz ordenó a sus hermanas (sus albaceas): “hagan varias misas en favor de mi alma.” También pidió: romerías a pie en el camposanto y que acudan a velarla al cementerio, según la costumbre. Algunas de estas persistencias no fueron del agrado de las autoridades. En 1907, la Junta de Sanidad cuestionaba las romerías al Cementerio e incluso el Alcalde de Piura y el Presidente de la Junta, prohibieron que hubiera romerías del 1 al 3 de  noviembre; pero la tradición se impuso y las velaciones continuaron. Al parecer, estas guardan una profunda relación con la salvación del alma de los difuntos.

Desde el siglo XVI, tras la llegada del cristianismo al Nuevo Mundo, estas se realizaron al interior de las iglesias. Los altares eran idóneos para “ayudar” a los queridos difuntos. Encender una vela cerca del lugar de entierro supone, desde la tradición mortuoria cristiana, “iluminar” el camino para que las almas desorientadas encuentren la salvación eterna. Esta ‘ayuda’ es solo para los adultos; ya que los niños (párvulos), inocentes ante Dios, no necesitan esta iluminación e ingresan directamente al Reino de Dios.

Los recorridos en carrozas tampoco cesaron. Los deudos continuaban solicitando el arreglo de la única carroza del cementerio, como consta en los presupuestos de la institución. En 1907, por ejemplo, se llegó a pedir “30 pesos para la construcción de un depósito para la carrosa.” En 1919, se registran pedidos para “compostura de la carrosa” y, en 1924 y 1925, se solicitaba dos libras peruanas para  su reparación.

Las nuevas costumbres funerarias

Uno de los cambios más notorios del traslado de los difuntos al nuevo camposanto fue la ornamentación del espacio funerario. Antiguamente, los fieles disponían de altares y capillas muy bien decorados bajo los cuales yacían sus familiares; en tanto, el Cementerio General destacaba por su simplicidad decorativa: color blanco en los pabellones, en la capilla, y en el mármol de las placas conmemorativas.

Pocos después, llegó el colorido de las flores; con ellas, los trabajadores informales y diversos servicios: venta flores y de agua para los ramilletes, limpieza de nichos… Aparece luego la venta formal de flores: el 28 de octubre de 1912, días previos a la fiesta de velaciones, el diario El Sol de Piura publicaba: “coronas fúnebres con inscripciones al justo comprador, tiene en venta La Madrileña”; este tipo de anuncios fueron muy comunes.

Como aún sucede en muchos lugares, estas fiestas generaba una serie de negocios: venta de bolsitas de dulces para niños (los populares “angelitos”); venta de velas, cirios, rosarios, amuletos y cruces para la jornada nocturna; “alquiler” de rezadoras en la festividad, etc.

Los avisos de defunción

A comienzos del siglo XX, había varios periódicos en Piura: El Sol, El Deber o La Industria; los temas funerarios, fueron parte de su contenido. Algunas familias los aprovecharon para plasmar su dolor en obituarios,  invitar a funerales, agradecer condolencias o para expresar emotivas descripciones y dedicatorias a los seres desaparecidos.

Las campanas y los pregones habían sido reemplazados por la prensa escrita. Así, el 18 de octubre de 1912, en la sección de “necrologías” del diario El Sol apareció este aviso “IN MEMORIAN, Federico Guillén hijo, hija política y nieto de la que fue María Cristina (Q.E.P.D), invitan a Ud. a las honras fúnebres que en sufragio de su alma, se oficiará el lunes 21 del presente en la Iglesia del Carmen de esta ciudad. Favor que reconocerán elevadamente”.

La prensa también incluía publicidad, como la de Agustín Velásquez, quien durante el año 1918 promocionó así sus productos: “El que suscribe pone en conocimiento del público, que tiene cajas mortuorias estilo moderno de pino y cedro, para adultos y niños a precios módicos y da toda clase de facilidades para la compra en su taller de ebanistería en calle Callao N° 5 frente al establecimiento de la Sra. Micaela, viuda de Ramos. Piura, abril 19 de 1918.” Este tipo de negocio, al parecer, fue rentable ya que según el Cuadro de Defunciones para el año de 1917 en la ciudad de Piura habían fallecido un total de 299 personas; algo similar al negocio de las lápidas.

El largo proceso de cambios originados con la construcción del Cementerio San Teodoro, supuso  para los piuranos, la oportunidad para replantear su concepción sobre el fenómeno mortuorio y, por ende, su relación con los difuntos; todo, en medio de la pervivencia de la tradición funeraria cristiana, mantenida celosamente por más de tres siglos en Piura.

Sobre las ilustraciones

Las imágenes en blanco y negro, fueron cedidas al autor de este artículo por el arquitecto José Cerna Sabogal.