El hombre de la eterna sonrisa (I parte)

Ayer se cumplieron las bodas de oro sacerdotales de uno de los personajes más queridos de la Universidad de Piura, el padre Alberto Clavell.

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Peruano de corazón, deportista nato, encantador desde el primer segundo y buen amigo. Aquel que conoció de cerca a San Josemaría, a Don Álvaro Del Portillo y que fue el gestor de la coronación de la Virgen de Chapi junto a Juan Pablo II. Una figura emblemática y adorable que lo convierten en el abuelo bonachón que todos queremos tener.

Alberto Clavell Cabot nació el 23 de febrero de 1940 respirando la libertad que te da el vivir cerca del mar, en la ciudad de Mataró, a 30 km de Barcelona, España. Fue el segundo y último hijo del matrimonio de Jorge Clavell y Dolores Cabot. Por aquellos años el país ibérico terminaba una de las más nefastas guerras civiles de la historia y el pequeño Alberto llegó como símbolo de paz. Aquella palabra que desde muy pequeño marcaría su destino y hoy tiene en él a uno de sus mayores defensores.

Su padre se dedicaba a la industria y comercialización de productos químicos, negocio en el que no le fue tan bien. La época post guerra no ayudaba mucho. Por el contrario, su madre, al ver todas las necesidades, decidió explotar el talento de sus manos y montó un taller de vestidos de muñecas. En ese mundo de fantasía, de seres inanimados pero que traían felicidad a los niños, el pequeño Alberto jugaba, heredaba la ropa de su hermano mayor y conseguía propinas forrando botones en el negocio familiar.“Era una época de mucha austeridad. Yo no pude ir a los paseos de mi colegio porque no teníamos dinero. Todos los días comía pescado porque era lo más barato que había. Casi nunca había carne. Sin embargo, fui un niño muy feliz. Tenía muchos amigos, era muy  deportista”, recuerda el padre Clavell. Al punto de llegar a ser récord juvenil a nivel nacional en natación en estilo pecho. Si bien faltaba el dinero, sobraban las ganas de superación y de ser ejemplo ante los demás. Un verdadero líder.

1Estudió en un colegio marista. Su pasión siempre fueron los cursos más difíciles para un adolescente. Amaba los números, las fórmulas, le encantaba la química, la física y la biología. A tal punto que ingresó a ingeniería, pero terminó estudiando farmacia, puesto que las fórmulas químicas y las prácticas en los laboratorios despertaban su curiosidad por la naturaleza.

Su primer contacto con la obra corporativa del Opus Dei lo tuvo en 1956, cuando algunos amigos de su hermano lo invitaron al centro de formación Monterols. Un año después le hacen la invitación a pertenecer a la obra. “Contesté que sí lo había pensado, pero dentro de un tiempo. Sin embargo, a la hora ya era del Opus y le entregué mi corazón a Dios. Me motivó el tema de la santidad. Yo era un chico piadoso. Con la familia nunca faltábamos a misa, rezábamos el rosario todos los días”. Sin embargo, el nombre de Josemaría Escrivá de Balaguer  lo descubrió mucho antes. En el colegio, el capellán le prestó un pequeño libro que marcó desde ese momento su vocación y el sendero que iba a tomar su vida. Camino se convirtió en su libro de cabecera, al punto de aprendérselo de memoria. 2“Al tercer año de farmacia en 1959 me proponen irme a Roma, cerca a Josemaría. Me fui a estudiar filosofía y teología. Yo siempre he estudiado dos carreras simultáneas. De 19 años empecé un doctorado. Me sacaron la mugre a gusto. Estudié todo en latín”, recuerda con gracia Alberto Clavell.

En 1961, con 21 años, ya era doctor en Filosofía Escolástica por la Universidad Lateranense de Roma. La obra decide enviarlo a Pamplona, pero antes va en busca de Josemaría para confesarle su verdadera vocación: “Padre si usted quiere, yo puedo ser sacerdote”, le comentó al santo. “Hay una crisis interna ante las necesidades del Opus Dei en el mundo. Me preguntaban periódicamente. Hasta que un día determinado, mucho antes de lo esperado, en febrero de 1964, vienen y sin haber terminado de estudiar Teología me dijeron que en un mes y medio iba a ser sacerdote”. La noticia sorprendió a sus padres, pero como eran personas con una vida espiritual activa, lo aceptaron. “Más les costó cuando les dije que me venía a Perú”, bromea el padre Alberto. El 19 de marzo de 1964, en la basílica de San Miguel, en Madrid, se ordena de sacerdote. Seis meses después lo envían a Perú. 3“Solo sabía de los incas, Pizarro y la conquista. Nada más”.  Llegó en el primer gobierno del arquitecto Fernando Belaúnde, en una época de revoluciones y cambios violentos en el país. Era el cuarto sacerdote de la obra en el Perú y empezó a trabajar en su gran misión, la de evangelizar bajo la figura de la santidad personal. Sin embargo, toda su dedicación a la labor pastoral, los problemas del país después del gobierno militar de Velasco, la preocupación del postconcilio, los siete trabajos en los que estaba, sumado a la pobreza en la que vivían terminaron en un cuadro severo de fatiga crónica que casi lo mata. Fue diagnosticado con surmenage y lo llevaron de urgencia a España, porque en el Perú los médicos no sabían cómo tratarlo.

Continuará…