Formar personas felices: un reto de la educación actual

Volver a leer “El Principito” ha suscitado en mí diversos sentimientos y me ha llevado a reflexionar sobre la complejidad del ser humano y su posibilidad de ser feliz. Uno de los temas que llamó mi atención fue el que aparece en las primeras páginas acerca de que los adultos estamos ‘cuantificados. “A las personas mayores les gustan las cifras sobre todas las cosas” (Saint Exupéry, 1968:16).

En educación encontramos que, en cierto modo, también estamos cuantificados: interesa la cantidad de conocimientos que se deben impartir según la normativa oficial y, en muchos caos, se descuidan otras dimensiones de la persona: la afectiva, emocional y la social. Esto se puede apreciar desde el nivel Inicial hasta la Educación Superior. Es indudable que los estudiantes deben dominar unos contenidos básicos para lograr éxito en los estudios y, más adelante, desempeñarse con eficiencia en el campo laboral. Sin embargo, potenciar las competencias intelectuales no puede ser el primer y único objetivo de la educación.

Un ejemplo de la importancia desmedida que se concede a los contenidos es el que refiere León Tratemberg, en su artículo “¿Qué debe saber un niño de 4 años?”, publicado en El Tiempo, el año pasado. Es respecto a los comentarios de madres de familia sobre lo que deben saber sus hijos para tener las mejores opciones de éxito en la vida. “Una mamá publicó una larga lista de cosas que su hijo ya había aprendido: contar hasta 100, conocer los planetas, escribir su nombre y apellido y así sucesivamente. Otras madres publicaron  links con listas de los contenidos que en cada edad se debe saber”.

“Micaela, madre sensata, sorprendida con las respuestas decidió publicar su propia lista de lo que un niño de 4 años debería saber, cuya síntesis es la siguiente: nuestro hijo debe saber que es amado por completo y sin condiciones todo el tiempo.  Debe saber cuáles son sus derechos como persona y que su familia lo respalda. El niño debe saber reír, actuar y usar su imaginación. Deberíamos darle menos importancia a aprender los números porque los aprenderán llegado el momento; mientras tanto no pasa nada si se le deja sumergirse en barcos con cohetes, dibujos de dinosaurios o jugar con barro. . .”

En este contexto, frente a la educación de las nuevas generaciones, surge la cuestión de cuál es el mejor centro de estudios. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que el mejor colegio es el que privilegia en su currículo, además de las competencias intelectuales correspondientes al grado o nivel del estudiante, la formación afectiva; el que se preocupa por el desarrollo de las competencias existenciales y personales.

De acuerdo a este planteamiento, “formar niños y jóvenes felices es la tarea principal de los educadores del siglo XXI. La felicidad se sustenta en la posesión de buenas competencias afectivas y una buena estructura de los vínculos entendida como la manera de relacionarse con los demás: familia, compañeros de estudios o trabajo, amigos” (Reyes de Ríos, 2013).

El significado y la trascendencia del tema llevan a plantearnos ¿cómo ayudar a nuestros hijos y estudiantes a encontrar la felicidad?  En primer lugar, hace falta acercarnos a ellos; que el niño y el joven se sientan acogidos, amados. . .

Los padres hemos de serlo a tiempo completo. Debemos observar a los hijos con cariño, leer en su mirada, estar disponibles y escucharlos siempre, respetar su silencio y, sobre todo, brindarles mucho afecto y comprensión.

El buen maestro, por su parte, debe interesarse por conocer a sus alumnos mediante la observación constante, el diálogo y la entrevista. Conviene desarrollar las competencias afectivas  e intelectuales, ayudarlos a superar sus incompetencias y fortalecer sus relaciones interpersonales. En síntesis, la tarea de los profesores es formar estudiantes felices que miren la vida con optimismo y estén dispuestos a aceptar los retos que esta les presente.

Una propuesta acertada sobre lo que debe observar en sus alumnos un profesor de nuestra época es la que nos ofrece Reyes de Ríos (2013):

“La asertividad, su capacidad de dar y retribuir y su empatía hacia los demás. Su autocontrol y autorregulación, si acepta los consejos y correcciones que recibe. Su estado de ánimo y los sentimientos hacia sí mismo. Si es seguro, persistente y sabe pedir ayuda cuando la necesita. Si cree en ti como profesor”.

Desde esta perspectiva, para plantear un tipo de educación que sea capaz de llenar las aspiraciones del hombre de hoy y de la sociedad, conviene esbozar un perfil que sintetice los rasgos de la persona que se pretende formar. En este sentido, coincidimos con Tierno (1989:73) cuando afirma que  “una persona fundamentalmente feliz es autorrealizada y madura, capaz de asumir su propia realidad y la ajena, de buscar el bien de los demás y de hacer de la comunicación y del diálogo humano un estilo de vida, capaz de disfrutar de la belleza y buscar lo noble y lo bello allá donde pueda encontrarse”.