Sobre la modernidad y otras tristezas

La modernidad reconoció como Ley y, por tanto, como Derecho, a toda decisión que el Parlamento adoptaba a través del procedimiento legislativo, al margen de su contenido de justicia.

columna_luis_castilloPor Dr. Luis Castillo Córdova
Decano de la Facultad de Derecho
Universidad de Piura

La modernidad reconoció como Ley y, por tanto, como Derecho, a toda decisión que el Parlamento adoptaba a través del procedimiento legislativo, al margen de su contenido de justicia. Así, por ejemplo, frente a la Ley que disponía que los judíos no tenían derecho a la propiedad, el Juez solamente se preguntaba si tal mandato había sido emitido por el órgano competente (el Parlamento) y a través del procedimiento previsto (el procedimiento legislativo). Si respondía afirmativamente a esas dos preguntas, no era necesario nada más para que el Juez reconociese la validez y eficacia del mandato, y procediese a dar cobertura judicial a la decisión legal de arrebatar sin justificación la propiedad del judío, como desgraciadamente ocurrió durante el régimen nazi de la Alemania de Hitler.

Este modo de entender el Derecho se sostuvo sobre múltiples bases. Una de ellas fue el modo de entender la ciencia. La ciencia moderna relegó y equiparó el conocimiento verdadero al conocimiento exacto; el conocimiento verificable empíricamente pasó a convertirse en la única fuente de verdad, y el método matemático fue reconocido como el método científico por excelencia. Se abandonó de esta manera la noción clásica de verdad y se generó un intenso relativismo con la aparición de verdades subjetivas.

Este entendimiento de la ciencia influyó decisivamente en la forma de entender al hombre. El ser o naturaleza humana se concibió como una realidad que tenía en su dimensión cuantitativa-empírica, la única dimensión cognoscible y desde la cual no era posible derivar  nada que le obligue al hombre, ni moral ni jurídicamente. La libertad se desconectó de la naturaleza humana, y ninguna regla de comportamiento podría serle impuesta; el hombre se autoconstituyó en la única instancia legitimada para dictar normas para sí mismo.

Pero, como la realidad negaba la posibilidad de convivencia con base en autonomía pura, fue necesario reconocer límites a la libertad. Estos límites no venían ordenados por la naturaleza humana sino por la conveniencia social. Hobbs estaba convencido de que el hombre en estado natural era pura libertad, a la que luego renunciaría en alguna medida a cambio de grados de seguridad. Además, los límites debían ser adoptados por los gobernantes, porque eran quienes tenían la legitimidad para decidir sobre la libertad de los ciudadanos, decisión política antes que jurídica porque el límite se asumió como un asunto de conveniencia antes que de justicia.

Con este modo de ver las cosas, no sorprende que el hombre moderno haya alcanzado niveles extraordinarios de desconcierto y barbarie colectiva, con la tristeza que esto acarrea. La postmodernidad no ha logrado desprenderse de esta melancolía porque no ha sabido sacudirse de los lastres de la modernidad. El hombre postmoderno, enormemente triste, acude impávido a presenciar la negación de la vida, la ruina de la familia, la destrucción del medio ambiente; y aplaude el aniquilamiento de la moral propia y de la colectiva como sacrificio necesario para construir su prosperidad; y es dolorosamente incapaz de relacionarse con personas reales, prefiere conectarse a cualquier aparato tecnológico que lo sumerja con rapidez, y sin interferencias, en mundos imaginarios donde cree ser feliz.