Esteban Campodónico Figallo, benefactor del Perú

Gracias, 150 años después

"No todos se conocían, pero compartieron una evocación, por los 150 años del nacimiento de un personaje ilustre que, aunque falleció en 1938, sigue vigente a través del Premio Campodónico, gracias a su decisión testamentaria".

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Guillermo Velaochaga, Alberto Pesceto, Liliana Montalbetti, Ernesto Raffo, César Raffo Henrici, Amalia Raffo, Carlos y Adriana Cánepa Yori, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos del doctor Esteban Campódonico.

“El 2 de agosto, a las 11 y 30 de la mañana, bajo el cielo invernal de Lima, una treintena de personas se congregó ante un hermoso mausoleo del Museo Cementerio Presbítero Maestro. No  todos se conocían,  pero compartieron una evocación en el tiempo por los 150 años del nacimiento de un personaje ilustre en su época  que,  si bien   falleció  en 1938, sigue vigente gracias a su visionaria decisión testamentaria.

Como es la costumbre, personas relacionadas con lo más cercano que el homenajeado tuvo en vida, dedicaron palabras alusivas: Ernesto Raffo, por la familia; el vicepresidente de la Sociedad Italiana de Beneficencia y Asistencia, Ferruccio Cerni; Ricardo Losno, médico e hijo de Juan Losno (colega y discípulo de Campodónico); Antonio Mabres, por el Premio Esteban Campodónico; el sacerdote José Chuquillanqui, Premio E. Campodónico 2000, quién ofreció el responso; y su biógrafa, que firma este artículo.

Médico de avanzada, filántropo, políglota…
Esteban Campodónico Figallo (Chiavari, 1866 – Panamá, 1938) fue un destacado médico oculista y radiólogo, catedrático y filántropo. Nació en Italia donde vivió sus primeros 13 años, hasta que emigró al Perú con sus padres y hermanas.  Se instalaron en la cuadra 2 de la calle Capón –hoy, Barrio Chino-, escenario de un intenso movimiento comercial.

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Retrato fotográfico de don Esteban (Chiavari, 1866 – Panamá, 1938) donado por los familiares al Premio Esteban Campodónico Figallo – UDEP.

Campodónico destacó en los estudios desde la escuela y se decidió por la noble tarea de curar a los enfermos. Para ello estudió dos años de Ciencias y siete de Medicina, graduándose en 1896  en la Universidad Mayor de San Marcos, cuando era practicante del Hospital Italiano e integraba la Sociedad Italiana de Beneficencia.

Desde 1907 –y durante tres décadas– dirigió el Hospital Italiano, encargándose del consultorio gratuito oftalmológico fundado por su maestro, Ernesto Mazzei. Viajó a Bologna y Viena para especializarse en Oftalmología y Radiología.

Fue catedrático en la Facultad de Medicina de su alma mater (1916 – 1930), abriendo en 1923 la primera cátedra de Radiología. Como filántropo, puso a disposición su moderno equipo de Rayos X; aportó a la Beneficencia Italiana y la Beneficencia Pública de Lima. Dedicó tiempo al dispensario antituberculoso y escribió con su colega Juan Losno decenas de artículos en El Comercio, sobre este flagelo de la época. Dominaba siete idiomas, entre ellos el quechua.

Durante la investigación biográfica  encontramos  una estela de buenos recuerdos y gratitud hacia don Esteban. Las necrologías y escritos coinciden en su buen talante, generosidad, y admiración por sus conocimientos y cultura. Logró  fortuna personal en  sociedad  con su cuñado, Juan Francisco Raffo Marcone.

Campodónico tuvo múltiples intereses: la Filología, la Botánica, la Astronáutica, la Astronomía, la Geografía y fue considerado como un médico de avanzada. Como vecino notable de Lima, fue concejal y recibió una medalla por su actividad filantrópica. Como miembro destacado de la colonia italiana, presidió  la Compañía Ítalo Peruana de Seguros; recibió importantes distinciones de la Corona Italiana; y la medalla de San Gregorio Magno, de la Santa Sede.

La génesis del Premio Campodónico
Además de su trayectoria brillante y respetada; don Esteban ha dejado otro legado que ha trascendido en el tiempo.

No tuvo hijos y, a un año de morir, hace un testamento donde distribuye sus bienes  e inversiones entre sus siete hermanas, una de ellas religiosa  (sor Angélica Hermana de la Caridad) y las demás casadas con inmigrantes italianos de apellidos Raffo, Cánepa, Astengo y Brignardello. Aparte, deja en el Citibank de Nueva York, un monto económico como fondo intangible; con los intereses generados se otorgaría un premio anual que llevaría su nombre para reconocer los aportes destacados al Perú.

Luego, viaja a los Estados Unidos para un tratamiento médico. Y el 30 de junio de 1938 contrae matrimonio en Auckland, con doña Ethel Graff; por ello, realizó una adenda, para que el fondo del Premio se destine primero al sostenimiento de su esposa, cuando él fallezca. Cuando viajaban al Perú para presentarla, don Esteban sufre una recaída, siendo internado en el Hospital Gorgas (Panamá) donde falleció el 23 de octubre de 1938.

Su viuda le sobrevivió hasta 1985 y desde ahí hubo gestiones para concretar su voluntad. En 1994,  las Cortes de Nueva York asignan a  Fundación Clover la administración del fondo y esta  invita a la Universidad de Piura.

Desde 1995 a la fecha, el Premio Esteban Campodónico Figallo ha sido entregado a 43 personas e instituciones con grandes méritos por su labor en el Perú. Entre ellas: Adainen, Walter Alva, Aldeas infantiles SOS, Asociación Civil Prorural, Sinfonía por el Perú, Cirplast, Colegio Alegría del Señor, y otras. Y, Antonio Brack Egg, Cecilia Pacheco, P. Jean Marie Protain, Luis Zapata Baglietto, Augusto Bazán, ya fallecidos.

¡Gracias don Esteban!
(Extracto de las palabras del Dr. Antonio Mabres, vicerrector de Investigación de la UDEP y presidente del Consejo Consultivo del Premio Esteban Campodónico Figallo).

“Me siento muy honrado por haberme correspondido de modo inesperado ser uno de los protagonistas de una aventura que comenzó hace solo 22 años, pero que tiene sus raíces más atrás, en la generosa decisión de don Esteban de instituir y dotar económicamen­te unos premios para otorgarse en su patria de adopción a lo largo de las generaciones.

A propuesta de la Fundación Clover, en la persona de Ralph Coti, la Universidad de Piura aceptó hacerse cargo de la organización y entrega anual de esos premios, tratando de ajustarnos lo más posible a su voluntad testamentaria, tal como ordenó la Corte de Nueva York, que tenía en sus manos supervisar la ejecución del testamento.

Hemos puesto mucho cariño en esta misión, que acogimos convencidos de hacer un gran servicio a la sociedad peruana, como deseaba nuestro querido homenajeado. Los premios anuales, y todo lo que llevan consigo, con su convocatoria, propuestas de candidatos, selección de ganadores y premiación, han sido un medio estupendo para hacer conocido a este admirable personaje y para infundir en la sociedad los valores de servicio, amor al Perú y excelencia profesional que él practicó, y que son como la esencia y el espíritu del Premio que lleva su nombre: un espíritu que sigue y seguirá vigente a través del Premio, que estimula y reconoce a personas e instituciones que han dado lo mejor de sí en beneficio de nuestra patria. (… ) ¡Gracias, don Esteban!”.
(Este artículo fue publicado en el suplemento Semana de El Tiempo, el 14/08/2016).