Homilía por el primer aniversario del fallecimiento del P. Vicente Pazos

PPazos

 

Queridos hermanos:

Como todos habremos escuchado, cuando Mons. Hinojosa estuvo en Roma y pidió a san Josemaría que el Opus Dei ayude a crear una universidad en Piura, el Fundador le respondió que esas decisiones ya no las tomaba él personalmente desde hacía muchos años, ya que las había delegado en las personas que dirigían la labor de la Obra en cada país. Y que si a ellos les parecía bien, él daba también su visto bueno y toda su colaboración.

Así pues, entre esas personas de Perú con las que tendría que hablar el Arzobispo de Piura estaba justamente el padre Vicente Pazos, a quien san Josemaría había enviado hacía pocos años al Perú como Consiliario. Don Vicente había recibido la ordenación en 1955, luego de haber pedido la admisión en el Opus Dei siendo muy joven y de haberse doctorado en Derecho en Roma.

El padre Pazos abrazó entonces el proyectó con toda su alma y lo impulsó desde sus primeros años. No se ahorró energías, y por eso estamos aquí. Él acompañó directamente esta casa de estudios por muchos años, primero como Vice Gran Canciller, luego como Capellán Mayor, y luego simplemente como un Capellán más. Aunque obviamente no era “un capellán más”, era parte de los fundamentos de la Universidad. Ahora, aunque de un modo distinto, esperamos seguir contando con su compañía y apoyo.

Sus enseñanzas definitivamente quedan entre nosotros. Sus frases concisas y profundas, con mucho de teología y un toque de humor, su preocupación por orientarnos en los temas de actualidad, sus artículos especialmente en Capellanía informa, que él creó… Su sabiduría sigue y seguirá brillando de muchas formas en el firmamento de nuestra universidad. ¡Cuánto hemos aprendido de él!

Sobre todo, podemos aprender a darnos por entero a Dios y a los demás, hasta el final de nuestra vida, siguiendo el camino de nuestra vocación. El P. Pazos no se guardó su vida para sí, la entregó como el grano de trigo. Aceptó morir a sí mismo para dar mucho fruto. Se dejó guiar por el Espíritu Santo, como buen hijo de Dios hasta el último de sus días. De hecho, el Señor le concedió alcanzar a celebrar en la tierra sus 65 años en el Opus Dei. Tanta fidelidad requiere mucho heroísmo y mucho amor. El Señor sabrá premiárselo dejándole ver su rostro amabilísimo por toda la eternidad.

Aprovecho para dirigir la mirada también hacia los numerosos sacerdotes en el mundo entero que han dedicado su vida a cumplir fielmente la Voluntad de Dios. Suele decirse, en este sentido, que los sacerdotes son un poco como los aviones. Numerosos aviones, ¡miles!, surcan cada día el firmamento, llevando puntualmente sus pasajeros a destino. Ninguno de esos es noticia. Sólo es noticia cuando alguno de esos aviones falla y cae.

Rezo pues ahora –y les pido que hagan lo mismo– por la santidad de todos mis colegas sacerdotes, por los que don Vicente trabajó y rezó mucho también. “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”, decía el santo sacerdote francés Juan María Vianney.

Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía el Santo Cura de Ars: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!”.

 

“Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios”.

Por eso, quisiera pedirle a don Vicente, que interceda para que haya muchas vocaciones fieles al sacerdocio, también en nuestra universidad. Han salido ya algunas, gracias a Dios, y quiera el Señor que sean muchas más. Serán como una manera de devolver a Dios un fruto maduro, por todos esos talentos y gracias que nos ha querido otorgar tan generosamente.

Termino encomendando al P. Pazos a la Virgen Santísima, nuestra Madre, a quien tanto quiso y quiere. A él le toco recibir las imágenes de la Sagrada Familia que hoy se pueden venerar en la ermita de Campus Piura. Me consta que las llevó en el corazón por toda la vida. Y no sólo en el corazón, mandó también a imprimir unos pequeños stickers que luego nos encontrábamos pegados por todas partes: en el carro, en el ascensor. Algunos cuentan que cuando viajaba los pegaba hasta en los aviones. Se comprende perfectamente: no quería separarse de su Madre. Tampoco nosotros. Seguro que a él ya le ha sido concedido este deseo. Faltamos nosotros.

Por eso, concluyo rezando una jaculatoria que don Vicente habrá tenido muchas veces en sus labios, aprendida de san Josemaría: Omnes cum Petro ad Iesum per Maríam! Que todos, muy unidos al Papa, vayamos y lleguemos hasta Jesús a través del camino más corto y más seguro: María Santísima.

Así sea.