Felipe Cossío del Pomar: la odisea de un pintor

A casi cuatro décadas desde su muerte, parece que su figura se ha difuminado. A partir de fragmentos periodísticos y escritos suyos, recorremos en parte su peregrinar tratando de rescatarlo del ostracismo y del extravío.

Cossio 1b

En Felipe Cossío se aunaba el saber profundo y ponderado con el hacer sincero y sentido, que suscitaban muestras de consideración tanto sus intervenciones en ateneos, centros culturales y aulas universitarias como sus libros y artículos en diarios y revistas. Quedan como resabio de su otrora notoriedad su nombre para una Asociación de Artistas Plásticos en su Piura natal y también para una Sala de Arte en el distrito limeño de San Isidro.

Sirva de ejemplo, tanto de su talante viajero como de su vocación artística, el título de En la aventura y en el arte que había previsto para unas memorias que finalmente no culminó. De su periplo por América y Europa, en que consistió su existencia, cabría destacar tres ciudades con las que se sintió estrechamente vinculado y en las que se supo cómo en su propia casa: San Miguel de Piura (Perú), donde nació y reposan sus restos; San Miguel Allende en Guanajuato (México), en donde fundó una Escuela de Bellas Artes; y Gandía en Valencia (España) lugar de reposo y bálsamo en sus años de vejez.

Los orígenes
“Yo nací en la calle San Francisco de Piura, cerca del templo del mismo nombre. Hoy esa calle se llama Lima. Me bautizaron en la Iglesia Matriz de esa ciudad, habiendo sido mis padrinos don Eduardo Seminario Arámbulo, dueño de la hacienda Pabur, y doña Isabel Iriarte de Lañas”. En el certificado de la partida bautismal consta que fue bautizado cuando tenía dos meses y cinco días de nacido, con el nombre de Juan Mariano, hijo legítimo de Don Juan Mariano Cossío y de Doña Rosa Pomar. Fue el segundo de un total de siete hijos, siendo sus progenitores de familias acomodadas y de estirpe aristocrática (su abuelo materno fue presidente de la Corte Suprema y el paterno Ministro de Justicia). Al ser el primogénito varón mantuvo el nombre tanto del padre como del abuelo paterno. Sin embargo posteriormente se le añadirá el de Felipe –segundo nombre de su abuelo materno– que finalmente asumirá como propio. 

En París
Resuelto a obedecer los deseos de su familia y cumpliendo con una tradición, emprende viaje a Europa con la intención de estudiar leyes: “Estos antecedentes explican la decisión de mi familia de enviarme a Europa el año 1908. Tenía que ser doctor y abogado como toda la gente bien […] A mi padre lo enviaron a Alemania para estudiar medicina y volvió músico. A mí me tocó ir a Bélgica para seguir estudios en la Universidad de Lovaina […] En lugar de Lovaina preferí quedarme en Bruselas y matricularme en la Universidad Libre. Esta decisión sirvió, sobre todo, para contentar a mi severa abuela, empeñada en hacer de mí un abogado. Pero lo que realmente me atraía era el mundo del arte, que yo soñaba maravilloso. Era una afición que ocultaba como si se tratase de un pecado mortal. En el fondo prefería ser artista a defender pleitos o dictar sentencias, como mi respetable abuelo.

Después de tres años de vivir en Bruselas, decidí trasladarme a París, la ciudad que era entonces (1911) el Magíster que consagra los mejores momentos de la evolución creativa”.

Hasta la década de los años 30 París se convierte en su centro de peregrinación, “la ciudad que nunca dice adiós” y “el único sitio en donde el artista puede vivir su vida y donde el producir es un gozo”. Desde ella emprenderá periplos breves en los que conocerá Madrid, Sevilla o Londres y, Atenas, El Cairo o Túnez.

 San Miguel de Allende
“Poco a poco iba tomando cuerpo mi determinación de volver a México. Para realizar este deseo, decidí casarme. En Estrella encontré una compañera para la vida tranquila que aspiraba llevar. Atrás quedaron los laboratorios estéticos, las doctrinas, el ‘misticismo nuclear’, el infra-subjetivismo, el orfismo, el vorticismo, el contra-objetivismo y demás ‘ismos’, cada vez más sorprendentes. Inútiles antídotos para la creciente angustia del hombre. En calma podré dar gracias al Señor por haber alejado de mí el frenesí en que han caído los artistas; por haberme apartado del mass production, los marchantes, los niños prodigio. ‘Gracias Señor por conducirme a este retablo de piedra. Haz que dure mi comunión con el pan y el vino de los bienaventurados’.”

Cossío en San Miguel Allende

La empresa que le retuvo en tierras aztecas y que le dio sentido a su vida fue la creación de una Escuela de Bellas Artes en esta ciudad del estado de Guanajuato. Con ella pretendió “convertir la villa agonizante en Ciudad Universitaria”. De todo ello da noticia en su libro Cossío del Pomar en San Miguel de Allende. El que hoy San Miguel de Allende tenga un aspecto remozado le debe mucho a los esfuerzos con los que Felipe Cossío trató de sacar del abandono a esta villa de un indudable valor patrimonial y convertirla en un reclamo turístico muy reconocido. No extraña por ello que el 16 de septiembre de 1942 fuera reconocido como hijo adoptivo y que en esos años recibiera las insignias correspondientes a la Orden del Águila Azteca, en el grado de Encomienda.

Gandía
Ya en su vejez se traslada a Gandía, un pueblo valenciano a orillas del Mediterráneo. El buen clima del lugar y la tranquilidad de su gente son un bálsamo para el anciano pintor. Allí conoció a un grupo de pintores aficionados que tomaron la costumbre de acudir a su casa para mostrarle sus obras y que les orientara en su quehacer artístico, acabando por constituirse en una compañía inestimable. Gandía también le concedió la medalla de oro de la ciudad.

Vuelta a las raíces
Presintiendo que está próximo su fin, decide regresar al Perú. Llega a fines de abril de 1980, según refiere en una carta a un amigo: “Unas líneas para anunciarte mi llegada al terruño […]. Me he encontrado otra tierra. Con la tristeza que se encuentran a las antiguas enamoradas después de cuarenta años. Mi consuelo es haber traído mucho material de pintura. El arte es un refugio”.

En ese último año de vida tuvo ocasión de visitar su Piura natal, en la que deseó pasar sus últimos días, con motivo de la inauguración de un Museo de Arte cuyo germen fue la donación que hizo de su colección, entre las que se encuentran algunas pinturas suyas. La Escuela de Bellas Artes Ignacio Merino de dicha ciudad lo nombrará Profesor Emérito. En noviembre de 1980 fue condecorado por el gobierno de Belaunde Terry con la Orden del Sol en Grado de Gran Cruz.