PROFESOR JAIME ANCAJIMA, OPINIÓN

Educación: una ayuda para la vida

“Sembrad en los niños ideas buenas, aunque no las entiendan; los años se encargarán de descifrarlas en su entendimiento y de hacerlas florecer en su corazón” (María Montessori).

Para María Montessori, lo más importante en la educación de un niño son los primeros años de su vida (de 0 a 6). Ella sostenía que el niño pasa del nacimiento a la adultez gracias a cuatro planos del desarrollo que forman parte de un proceso indivisible. No completar uno de ellos “adecuadamente” podría tener graves consecuencias para los posteriores.

El primer plano es la infancia (0 a 6 años. Enséñame a hacerlo sin tu ayuda), una etapa creativa, de construcción y grandes cambios, en la que se atraviesan los periodos sensibles (orden, lenguaje, refinamiento de los sentidos y desarrollo del movimiento). Durante los tres primeros años se alcanza el movimiento, el lenguaje, toma de conciencia de los poderes sensoriales, las funciones psíquicas. De 3 a 6, el niño desarrolla las funciones creadas en la etapa de 0 a 3 y sigue trabajando en su autonomía. Es la edad bendita del juego, a través del cual se produce todo el desarrollo.

 

El segundo plano es la niñez (6 a 12 años. Ayúdame a pensar solo), periodo de asentamiento de todo lo aprendido y, a la vez, de un paso muy importante hacia la madurez. El niño ya no cree con ojos cerrados todo lo que le dicen sus padres o maestros, y empieza a cuestionarse las cosas.

El tercer plano es la adolescencia (12 a 18 años. Enséñame a expresarme solo). En ella se producen grandes cambios físicos y psíquicos. El niño se va convirtiendo poco a poco en un adulto y hace la transición de la vida familiar a la sociedad, buscando su misión en la vida.

Finalmente, está la madurez (18 a 24 años. Ayúdame a mantenerme solo), edad para los estudios universitarios o preparación para el mundo profesional e incorporación al trabajo y, en definitiva, para vivir de forma independiente.

El único momento en el que tenemos cierta influencia en nuestros hijos es en su niñez, cuando su mente es absorbente y asimila nuestros valores como propios, y solo les importa el ejemplo que les demos. No los tratemos como a un adulto en miniatura, ni física ni mentalmente, ya que está en un proceso ininterrumpido de crecimiento y transformación que debemos respetar.