Entrevista con Genara Castillo

Las raíces de la corrupción

Cada día los medios y las redes sociales, junto a muchas noticias de crímenes y violencia, nos muestran diversas facetas de la corrupción, un flagelo que no solo debemos mirar en la tele sino, enfrentarlo.

La doctora Genara Castillo, docente de la Facultad de Humanidades y del PAD de la Universidad de Piura, explica cuáles son las cinco cabezas de este monstruo que no nace, sino que se hace. Sostiene que urge sanear la política, las empresas, el poder judicial y la cultura del país.

La filósofa aclara que esta tarea involucra a las autoridades y a todos, comenzando por las familias. Explica que corromper significa ‘romper, hacer pedazos’, en definitiva “corromperse es morir o disolverse”.

¿Qué requisitos deben darse para afirmar que alguien es corrupto?
En el ámbito social ser corrupto es usar mal el poder, aprovecharse de él para que en lugar de buscar el bien de todos, servir (que es lo único que justifica el poder), se busque los propios intereses, lo cual conlleva no solo coimas, fraudes, estafas, etc., sino una serie de injusticias. A esto se agrega otro factor que es la impunidad, ya que con ésta se alienta y se deja crecer al monstruo de la corrupción. Por eso en una sociedad es clave un poder judicial que administre bien la justicia, quienes ejercen el derecho tienen que asegurar los requisitos básicos en el funcionamiento de una sociedad, para que no enferme o muera.

Desde el punto de vista social y antropológico, la corrupción, la falta de ética, sentido del bien y la justicia deben tener una raíz, ¿es el pecado original o la formación familiar, o ambas?
Efectivamente, la corrupción es un fenómeno muy complejo, la culpa no es sólo de “sistemas” que alimentan la corrupción, por ejemplo en la administración pública, en la manera de hacer licitaciones, etc., sino más importante aún son las personas, cada quién, porque los sistemas los hacen –o los cumplen– las personas: ¿quién o quiénes nombran a los que tienen poder y con qué criterios lo hacen?, si es por amiguismo, por partidismo, sin tener en cuenta los méritos, entonces se enquistan un grupo de mediocres. ¿Quiénes son los jueces que hacen efectivas las sanciones?, ¿en qué facultades y universidades se están formando los políticos, los empresarios y los jueces?, ¿quiénes son los maestros que están formando a nuestros niños y jóvenes?, y especialmente: ¿qué familias tenemos? Porque la familia es la célula de la sociedad. En el fondo, como tú muy bien dices, la raíz está en nosotros, en una debilidad de origen, de entrada no somos justos, la virtud de la justicia no la tenemos gratis, hay que lucharla cada día –con la ayuda de la familia, de los educadores, de la ley–.

En qué momento, una persona se empieza a corromper; supongo que hay un proceso, ¿cómo saber cuándo comienza?
Tienes razón. No se cae en la corrupción de repente, sino que se sigue un proceso. Sucede que con cada acción que realizamos se modifican unos “resortes” o facultades interiores que todos tenemos. Por eso, la mente puede irse nublando progresivamente y la voluntad debilitando más y más. Primero uno coge de su centro de trabajo y se lleva a su casa un clip, luego una cosa más grande, y después otra mayor. En un municipio pequeño primero en lugar de presupuestar mensualmente lo que es real, por ejemplo, un paquete de rollos de papel higiénico, se pone 2, luego se pone 4, luego 6 y así. Para evitar esto, debemos exigirnos en las cosas pequeñas, trabajar bien y en todos los niveles, hasta en la punta del cerro, ya que si alimentamos el monstruo de la corrupción éste irá haciéndose más peligroso y, en algún momento, se volverá contra nosotros. En lo social la corrupción es como un monstruo de cinco cabezas, y para acabar con él hay que cortar las 5 a la vez: política, económica, judicial, cultural y ética personal.

¿Cómo hacerlo?
Hay que sanear la política, las empresas, el poder judicial y la cultura de un país, de una sociedad partiendo de la cabeza principal que es la de la ética personal. Esa es tarea de todos, que empieza en casa, en la familia. Ahí aprendemos a ser éticos, a decir la verdad o a mentir, a ser egoístas o a ser solidarios. Pero, el gran reto que se presenta hoy en día, en muchas familias, es recuperar la autoridad y presencia real de los padres. En segundo lugar, también son claves las instituciones educativas; y, en tercero, las empresas o ámbitos laborales en los que transcurre gran parte de nuestro día. En las universidades es clave no sólo la ética empresarial o judicial, sino la humanización de la empresa y del derecho, porque si a los chicos se les enseña que lo más importante es el dinero cuando no puedan ganarlo por las buenas lo buscarán de otra forma. 

Escandaliza mucho que haya presidentes o funcionarios corruptos…
La carencia de ética en los directivos, en los políticos, puede desanimar mucho o llevar a imitarles, pero, también puede operar como un revulsivo, ser ocasión para rechazar ese mal, generando una conducta personal ética.

La gran lección es que el sentido de lo bueno si no crece disminuye, la ética es muy valiosa pero no se nos regala, hay que cultivarla. Las situaciones de crisis éticas en un país requieren un poder judicial de primer nivel pero también son una oportunidad para que todos los ciudadanos reflexionemos y nos exijamos en la conducta personal ética. Es decir, que hay que ir a fondo, a veces lo ético se reduce a meras palabras o formulaciones o a un simple cumplimiento de normas, pero en el fondo si uno no está convencido de que hay ser ético cae en la hipocresía, la que puede darse en todos los niveles.

¿Qué rol tienen la familia, maestros, instituciones y autoridades, en esta tarea?
A los padres les compete estar más atentos a la conducta ética de los hijos y dar el ejemplo, al igual que a los maestros. Para empezar, hay que exigirnos en 2 virtudes éticas: decir la verdad no medias verdades (veracidad), y respetar a los demás, dando a cada quien lo que le corresponde (justicia). En las universidades, hay que cuidar las facultades de Derecho y a las de Empresas, porque ahí se forman a los futuros jueces y empresarios, y a las facultades de Educación y Humanidades que son las que forman a los anteriores. En la vida ciudadana tendríamos que tener tolerancia cero con las coimas y otros delitos, y más control y transparencia. Sin embargo, todo ello aunque es necesario, no es suficiente, deberíamos aprovechar la oportunidad para mejorar (cada uno) en nuestra integridad y ética personal y luchar contra este mal de la corrupción que compromete el crecimiento no sólo espiritual sino también material, porque impide que se realicen proyectos de agua, de electrificación, de centros de salud, de colegios, etc. Por eso la lucha contra la corrupción va en favor de los más pobres, ya que la corrupción termina perjudicando a quienes tienen menos recursos.

(Entrevista publicada en el suplemento Semana. Diario El Tiempo, 21/01/2018.)