¿Masculinidad en crisis?

Resulta complejo reflexionar sobre la masculinidad, la paternidad y los valores masculinos cuando el debate público está lleno de posturas feministas.

Los medios de comunicación y la cultura popular han encasillado al varón, como un típico agresor machista y misógino, sentenciado con la famosa etiqueta del #Metoo. Desde los años 40 del siglo pasado, solo nos hemos concentrado en cuestionar y reflexionar sobre lo que significa ser mujer y los desafíos y dificultades que suponen la feminidad, la maternidad; y, más recientemente, la conciliación trabajo familia, casi siempre desde la perspectiva femenina.

Pero, ¿qué hay de los varones? ¿Por qué se difunde tan poco los hallazgos académicos sobre la masculinidad y el aporte diferencial de los padres en la crianza de los niños?, ¿por qué hemos despreciado lo distintivamente masculino, bajo las sombras ideológicas de la nueva izquierda?, o más aún ¿por qué planteamos las relaciones entre varones y mujeres casi siempre en clave de conflicto y no desde su natural complementariedad?

La identidad masculina está en crisis. A juicio de la filósofa Badinter, el contexto sociocultural ofrece mayores dificultades para la construcción de la identidad masculina, pues los niños sufren el distanciamiento de sus padres quienes, generalmente, dedican mayor parte de su tiempo al trabajo remunerado que a la vida del hogar.

Si la masculinidad está en crisis no es solo a causa de los varones; también son responsables la sociedad, el mercado y las mujeres, que no les han ofrecido las oportunidades suficientes para expresarse de manera auténtica, para regenerarse de discursos anacrónicos, ni oportunidades para evolucionar al compás de los cambios demográficos, socioculturales y las actuales exigencias de la equidad en el hogar.

No queremos padres ausentes absorbidos por las exigencias laborales, sin ninguna conexión emocional con los hijos. Tampoco queremos “padres blandos” pusilánimes, que renuncian a su natural fuerza y objetividad para fijar normas y límites, solo por miedo a ejercerla, o porque experimentan intimidación al ser constantemente desacreditados en la intimidad de su hogar. Hacen falta hombres y padres extraordinarios, que amen a sus hijos incondicionalmente, e impriman audacia, coherencia, vigor, energía, objetividad y rectitud ética en la vida de sus hijos.

Todos estamos de acuerdo con que “madre solo hay una”; pero, desafortunadamente, olvidamos que también padre solo hay uno, y le negamos el lugar que se merece.