“No se dejen robar la esperanza. Perú es una tierra ensantada”

Estas frases, pronunciadas por el Papa, en su visita al Perú, estimulan a mirar el país con otros ojos. Pero inevitablemente asoma la duda: en estos momentos, ¿realmente hay motivos para tener esperanza?;

¿Es posible plantearse llevar una vida santa, coherente con el mensaje de Jesucristo? Tal vez, para algunos –no creyentes–,  los días de Semana Santa no pasaron de ser unos días de vacaciones. Para los creyentes, son días de oración, de reflexión, de esperanza, porque miramos a  Jesucristo: que se inclina para lavar los pies de los hombres, que nos deja hasta la última gota de su sangre, que se nos entrega en su Pasión y muerte; y resucita glorioso. No son hechos pasados, para mirarlos de lejos, sino actuales, que nos iluminan y comprometen. No deben ser días que pasan sin más, superficialmente, por la vida de un cristiano.

Hace poco escuché a un padre de familia que quería hacer las cosas muy bien, pero que, con buen humor, veía su hogar, con varios hijos pequeños, como un “campo de batalla”, y se preguntaba sencillamente: ¿qué hago mal?

Esa puede ser la clave: más que criticar lo que otros han hecho mal (corrupción), dirigirnos personalmente la pregunta: qué hago mal yo. Médicos, profesores, padres de familia, solteros, enamorados, sacerdotes, conductores, peatones, comerciantes, farmacéuticos, periodistas, congresistas, autoridades políticas…, preguntémonos, ¿qué estoy haciendo mal?

¿Cómo recomponer el mundo?
Recordemos un conocido relato de Gabriel García Márquez: Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de siete años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar. Viendo que era imposible que se fuera, pensó en algo que pudiese darle para distraer su atención. Vio una revista en donde venía el mapa del mundo, ¡justo lo que precisaba!

Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: “Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie”. Calculó que al pequeño le llevaría días componer el mapa, pero no fue así. Pasados unos minutos, escuchó la voz del niño: “Papá, papá, ya lo he acabado”. Al principio no dio crédito a las palabras del niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.

Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo propio de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? Le dijo: “Hijo mío, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lograste recomponerlo?”. “Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía cómo era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo.”

La solución parece sencilla: hay que empezar por el hombre, por cada uno. Pero, también aquí aparece otra duda: hoy en día, un niño, un adolescente, ¿sabe cómo es el hombre, cómo es la mujer, cómo es la familia…? Con tantas ideologías, películas, series, eslóganes, conductas incoherentes, ¿no se habrán confundido tanto las cosas que ya no es tan fácil saber cómo se puede recomponer al hombre?

Nuestra “tierra ensantanda”
Sin embargo, a pesar de todo, el modelo está claro: Jesucristo. “El misterio del hombre sólo se ilumina en el misterio del Verbo encarnado”, dice el último Concilio (Gaudium et spes, n. 22). ¿Cómo es el hombre?, ¿qué es ser hombre? Podemos darle muchas vueltas  a esta pregunta, pero el cristianismo nos da la respuesta: Jesucristo. «A mí siempre me llamó mucho la atención que el Papa Benedicto dijera que la fe no es una teoría, una filosofía, una idea: es un encuentro. Un encuentro con Jesús» (Francisco, homilía, 8-XI-2016).

Con palabras del Papa en Trujillo: “Muchas veces nos interrogamos sobre cómo enfrentar estas tormentas, o cómo ayudar a nuestros hijos a salir adelante frente a estas situaciones…Quiero decirles: no hay otra salida mejor que la del Evangelio: se llama Jesucristo. Llenen siempre sus vidas de Evangelio”.

“Estas crisis mundiales son crisis de santos. Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… la paz de Cristo en el reino de Cristo” (Camino, 301). El Perú es una tierra “ensantada”. Sí, hay motivos para tener esperanza: efectivamente se trata de recomponer al hombre: uno a uno, cada uno a sí mismo; una recomposición moral ¿Quién se atreve a empezar?

Un  texto encontrado en la lápida de un obispo anglicano en la Abadía de Westminster dice: “Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Según fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el mundo, así que me propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar solo mi país. Pero con el tiempo me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me conformé con intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí. Pero tampoco conseguí casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una cosa: Si hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia habría seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá habría sido capaz de cambiar mi país y –quien sabe– tal vez incluso hubiera podido cambiar el mundo”.

Si a partir de hoy, que Cristo ha resucitado por nosotros, para nosotros, miramos a Jesucristo con sinceridad, buscando ese encuentro con Él, cada uno podrá ver qué está haciendo mal; qué hay que recomponer. Y se podrá plantear seriamente un cambio. Y, no nos robarán la esperanza, pues Jesucristo ha resucitado verdaderamente.