San Josemaría y los jóvenes

Los jóvenes son un gran tesoro, San Josemaría lo sabe. Conoce que a pesar de sus temores, de sus desconciertos, hasta de sus errores, poseen una inmensa reserva de verdad y de capacidad de amar y darse generosamente. Conmueve verle en las tertulias con los jóvenes, tan complacido y alegre, con gran interés al escucharles, al hablarles, para comprenderles y abrirles amplios horizontes.

Pienso que él se identificaba con los jóvenes porque estaba en lo que ahora se suele decir “en modo” amor, con ese afán de amar auténtico, verdadero y fuerte, y ese testimonio era como un “enganche” entre lo que intuían y ansiaban los jóvenes.

Su mensaje a los jóvenes es tan actual en un momento en que se habla mucho “de” los jóvenes, pero pocos “a” los jóvenes y con esa radicalidad que involucra la vida entera y que le da sentido. A este diálogo apunta el Sínodo sobre la juventud. “Dios es joven” ha dicho el Papa Francisco. Justamente por ello se les encargará a los jóvenes de manera especial el amor, por la urgencia que se tiene de él para ellos y para el mundo.

Como es sabido, los jóvenes reciben una fuerte oferta de placeres, de bienestar, de consumo, etc., pero al precio final de robarles la esperanza al que su joven corazón aspira: el anhelo de amar y ser amado, de dar la vida por algo –mejor– por Alguien que merezca la pena, con quien se espere la reciprocidad y la acogida del amor, de lo contrario corren el riesgo de perderse en la selva de la vida, porque uno vive según lo que espera.

Y como la verdadera esperanza, la de ese calibre, nunca es pasividad, sino que mueve a la acción, porque “obras son amores y no buenas razones”, en ello se va revelando el sentido con mayores perfiles y se va descubriendo la auténtica felicidad.

Así, en Amigos de Dios, 31, declara: “Pero, me preguntaréis, cuando alcanzamos lo que amamos con toda el alma ya no seguiremos buscando: ¿ha desaparecido la libertad? Os aseguro que entonces es más operativa que nunca, porque el amor no se contenta con un cumplimiento rutinario, ni se compagina con el hastío o con la apatía. Amar significa recomenzar cada día a servir, con obras de cariño”