Entrevista con Sergio Balarezo

Corrupción: ¿origen o consecuencia?

"La corrupción empieza pequeña, en cada persona y va creciendo: cuando evado mis impuestos, cuando no respeto las leyes ni cuido los bienes públicos. Cuando me siento con más derechos que otros y discrimino".

Los pobladores, en una gran mayoría, solemos comentar, a veces con los demás y otras para nosotros mismos, ¿dónde está la famosa “Reconstrucción con cambios”, si una ligera lluvia deja nuestras calles como están ahora?, ¿cuándo tendremos obras e inversiones bien hechas?, ¿es posible luchar contra la corrupción? Sobre estos temas conversamos con el doctor Sergio Balarezo, exrector de la Universidad de Piura y docente de la Facultad de Ingeniería de esta institución.

Sergio Balarezo, exrector de la Universidad de Piura.

Para el profesor universitario, las obras mal hechas o las que no se han hecho, por ejemplo, para prevenir los daños que las lluvias ocasionan, no son todas frutos de la corrupción, puede haber otros motivos: desidia, falta de planificación o de capacidad técnica o de una visión cortoplacista de quien las encarga.

Además, el doctor Balarezo sostiene que no hay instituciones corruptas, sino que la corrupción está en las personas que las componen. Por ejemplo, “en la coyuntura actual, se investiga y persigue como casos de corrupción el llamado ‘club de la construcción’ o empresas vinculadas al rubro inmersas en sobrevaloraciones o proyectos innecesarios sin estudios previos de demanda y proyección de beneficios, solo para “devolver favores”; ¿debemos esperar a estos grandes “destapes” para detectar la corrupción?

La corrupción a estos niveles empieza pequeña, en cada persona y va creciendo: cuando evado mis impuestos, cuando no respeto las leyes, cuando no cuido los bienes públicos ni la limpieza o el ornato de mi ciudad, cuando me siento con más derechos que otros y discrimino, etc. Todos estos antivalores son germen para la corrupción.

Entonces, ¿usted no cree que las instituciones se hayan corrompido?
Las instituciones no se corrompen, las personas lo hacen. Lamentablemente, cuando las cabezas de estas se corrompen y hacen de esto un modus vivendi, es muy fácil el contagio a todos los niveles y, muchas veces, también entre instituciones, formándose redes que se van protegiendo unas a otras. A pesar de ello, no creo que una institución se llegue a corromper del todo. Siempre habrá personas probas, pero que a su vez poco pueden hacer ante el tamaño de la maquinaria ya enferma, cuando esta se llega a institucionalizar.

Conozco excelentes profesionales, con un comportamiento profesional y ético intachables, que trabajan o han laborado en alguna de esas empresas que ahora se les tilda de corruptas. En este sentido, personalmente, no creo que sea un problema que, por ejemplo, Odebrecht u otra empresa cuyos directivos están involucrados en actos de corrupción, sigan trabajando en el Perú. Naturalmente, deben apartarse a los directivos y políticos involucrados y, el Estado peruano, debe proponer contratos claros y transparentes, con el control y fiscalización adecuados favorables al país.

Entonces, cuando se habla de instituciones corruptas, ¿es porque las personas que las ‘han tomado’ lo son?
Nada más lejos de mi reflexión juzgar la situación actual del país; sin embargo, esta me lleva a la conclusión, nada novedosa, por cierto, de que las instituciones y organizaciones son medios utilizados por las personas corruptas para ejercer su labor de beneficio personal.

Es evidente que cuando estas malas artes se ejercen desde un cargo público, usando el poder otorgado por el pueblo, la gravedad se magnifica. En definitiva, son las personas de manera individual las que son corruptas, aunque ejerzan dicho despropósito utilizando entes sociales: llámese partidos políticos, empresas, ONG, etc.

En este sentido, afirmar que se va a “acabar con la corrupción” es usar una frase políticamente, como bandera; la corrupción se puede disminuir y controlar, pero siempre existirá; su control debe ser un trabajo permanente.

¿Es posible luchar contra la corrupción y construir una sociedad más segura en todos los aspectos?
Sí. Creo que la lucha contra la corrupción, una enfermedad común a todas las sociedades del mundo (en mayor o menor medida), debe darse en dos ámbitos simultáneos: el correctivo y el preventivo. Lo que experimentamos en nuestro país actualmente, con luchas en los distintos poderes del estado y entre ellos mismos, con una cobertura de medios excepcional y con opiniones para todos los gustos (generalmente parcializadas), es un escuálido ejemplo de la lucha “correctiva” contra la corrupción.

Lo curioso es que muchos ciudadanos toman partido por una u otra posición sin saber con certeza si hay algún bando, “de buenos o malos”. Las redes sociales abonan mucho a estos sentimientos y polarización. El gran efecto negativo de esta situación, independientemente de si al final se “castiga” a todos los malos o si la indemnización para el país es la adecuada o no, es el daño a la confianza y a la institucionalidad del país; y pasarán años hasta que se revierta. Además, solo con estas medidas correctivas la ‘fiebre’ subirá en cualquier momento, en el futuro cercano.

En cuanto a lo preventivo, ¿qué debe hacerse?
Si no se trabaja simultáneamente en medidas “preventivas”, y no me refiero sólo a leyes anticorrupción (en el Perú somos expertos en crear leyes y en saltárnoslas también), no veremos cambios sostenibles en el tiempo. Cuando el ser humano entienda que el bien personal es sostenible, solo cuando todos busquemos el bien común y nos preocupemos “de los otros”, lograremos construir sociedades más sanas y justas.

¿Cómo lograrlo? En primerísimo lugar hay que decir que la sociedad es el reflejo de la familia. La familia es el ámbito donde todos, o casi todos, hemos nacido, crecido y aprendido a sociabilizar, a pensar “en los demás”, en otras palabras: a amar. Si maltratamos a la familia o si esta se convierte en un entorno de violencia y abuso, el resultado es la enfermedad de la sociedad.

¿Qué otras herramientas o mecanismos preventivos podemos usar?
Otro mecanismo de gran ayuda es la educación. Una educación en valores, fundamentada en el respeto y sin ideologías tendenciosas, ayuda a las familias a formar generaciones sanas. Ya no pensemos solo en nuestra sociedad sino en nuestros hijos y nietos, la solución es de largo aliento. Afortunadamente, el ser humano ha sido creado a imagen de Dios: para el bien. No dejemos que nuestras debilidades sean más fuertes que nuestra fortaleza ni que el mal prevalezca sobre el bien.

Otra herramienta importante es la vigilancia. Como ciudadanos debemos ejercerla con espíritu propositivo y fiscalizador: es nuestro derecho; y, actualmente, con la ayuda de la tecnología en las comunicaciones esto se puede hacer más fácilmente. Por ejemplo, desde hace pocos años, vemos a nuestras autoridades locales y regionales muy activas en redes sociales; ¡qué bueno, porque esto ayuda a la transparencia!

Sin embargo, deben saber canalizar las iniciativas y crear canales de comunicación “oficiales” que sean atendidos con prontitud y con claros signos de haber tomado acción en aquello realmente valioso. No hay peor mensaje para el ciudadano que el mensaje no respondido. Se debe responder, aunque la respuesta no manifieste una acción inmediata o demore, porque es necesario seguir los procedimientos de ley.

¿Cuál es el rol de las instituciones educativas, como las universidades, en la lucha contra la corrupción?
La educación en escuelas y universidades no sustituye a la que se debe dar en la familia, solo la complementa, sobre todo en las etapas escolares iniciales.  En la universidad, a pesar de recibir alumnos con edades ya no tan tempranas, no debemos eludir la responsabilidad de complementar su formación en el ámbito profesional y humano. Sabemos que son importantes los aspectos técnicos propios de la carrera elegida, pero también lo son los conocimientos humanísticos (filosofía, historia, literatura, teología y otros) que configuran el saber propio del ser humano, forman el criterio para un desempeño ético y moral, y potencia su actuación profesional. Antes que ingenieros, abogados, comunicadores, u otro profesional, somos personas viviendo en sociedad. En este sentido, la corrupción desnuda las falencias de formación humana.

Si tuviera que recomendar algo que encarne los valores del peruano y nos haga pensar que hay razones de esperanza, ¿qué mencionaría?
Como piurano me fijaría y aprendería de los valores que nuestro gran Almirante y Peruano del Milenio D. Miguel Grau y Seminario supo vivir y encarnar: amor por su familia, amor por su patria, caballerosidad y respeto por todos, hasta de sus enemigos. Si aprendemos y enseñamos a querer más a la familia, a nuestra patria y dentro de ella a todos nuestros semejantes, los valores que todos los peruanos llevamos dentro aflorarán naturalmente.