ARTÍCULO DE OPINIÓN

Educando las emociones en familia

“Todo niño cree ciegamente en su propio talento porque no tiene miedo a equivocarse, hasta que el sistema le va enseñando que el error existe y que debe avergonzarse de él.” (Ken Robinson)

La pedagoga y psicopedagoga Mar Romera, experta en inteligencia emocional, y autora del modelo pedagógico “Educar con tres Cs: Capacidades, Competencias y Corazón”, en su libro “La familia, la primera escuela de las emociones” habla sobre las dificultades más habituales a las que nos enfrentamos los padres en la educación y en el aprendizaje de nuestros hijos y ofrece algunas propuestas para mejorar las relaciones y los vínculos familiares. Su recomendación para fomentar un desarrollo emocional saludable en nuestros hijos no es otra que la de buscar tiempo para ellos y estar presentes.

La familia tiene un papel muy importante en la educación emocional de los hijos ya que todos aprendemos de nuestros referentes, ya sean positivos o negativos. En la primera etapa de la vida, los referentes lo forman el entorno más cercano; es decir, los padres. La familia es en donde vemos y nos fijamos, en donde aprendemos, y es la que nos ayuda a superar todos los conflictos, tanto los emocionales como los que surgen a nuestro alrededor.

Los padres necesitamos mejorar nuestra educación emocional a nivel personal para poder trasladar a nuestros hijos una educación emocional sana. Tomemos conciencia acerca de la influencia que ejercemos sobre nuestros hijos e intentamos desarrollar nuestro propio equilibrio emocional, esto siempre va a ser positivo para nosotros y para quienes tengamos en frente.

A menudo, escucho a los padres decir a sus hijos frases como: no tengas miedo, no llores, no te molestes, etc. Entendamos que las emociones no se gestionan así, sino con el auto concepto y la comprensión. La clave está, fundamentalmente, en la capacidad para mirar y escuchar.  Cuando les escuchamos, les conocemos. Normalmente no escuchamos, solo oímos.

Asimismo, Mare Romera aconseja “acompañar” a nuestros hijos en su crecimiento, no proyectar sobre ellos nuestras expectativas, no determinar qué es lo que nosotros queremos que sean. Debemos respetarlos; eso significa acompañar en una escala con una estructura de límites. Los límites serán los que les permita a nuestros hijos ser fuertes y sentirse seguros.