ARTÍCULO DE OPINIÓN

La fiesta de la vida

En los próximos días manifestaremos nuestra confianza en la inmortalidad de nuestra alma y de la de nuestros difuntos, ya que esta nunca muere, sino que permanece para siempre.

El 1 y 2 de noviembre, familiares y amigos de quienes ya no están en este mundo visitarán los cementerios. En ese ir y venir de los deudos portando flores, coronas, y hasta guitarras para ofrecer al difunto la canción que más le gustaba, late la esperanza inextinguible de la vida que no se acaba. Habrá quienes se desplacen de una ciudad a otra para honrar a sus difuntos; limpiarán los nichos, lápidas y mausoleos como otra muestra de cariño.

Todo esto no se haría si no intuyéramos que, aunque nuestro cuerpo deje de funcionar, no morimos del todo. La inmortalidad del alma es un descubrimiento muy antiguo: en los primitivos enterramientos, se dejaba un orificio en la parte superior para que por allí “saliera” el alma del difunto hacia el Cielo. Otra prueba está en las famosas Cuevas de Altamira, donde las pinturas rupestres manifiestan la presencia de la inteligencia humana, capaz de contemplar la belleza e ir más allá de lo meramente útil.

Los pensadores socráticos insistieron en la convicción de que la inteligencia es intemporal, sencillamente porque es capaz de entender lo que eso significa: la noticia de lo infinito, de lo eterno y de que si inteligencia es capaz de acoger lo permanente es que ella misma lo es; de lo contario, no podría entenderlo

En suma, que en los próximos días manifestaremos nuestra confianza en la inmortalidad de nuestra alma y de la de nuestros difuntos, ya que esta nunca muere, sino que permanece para siempre. Así, con nuestro recuerdo o con la oración por el descanso del alma de nuestros seres queridos, cabe la esperanza de que esta haya sido acogida por Dios y que, al alcanzar el premio por sus buenas obras, goce ya de la felicidad imperecedera.