ARTÍCULO DE OPINIÓN

El dolor desde lejos

Vivo en Barcelona, España, desde hace unos meses. Como a muchos, las primeras noticias sobre el coronavirus me resultaban distantes...

Escuchaba algo en el telediario y veía por las calles y en el metro a algún asiático usando mascarilla, sin más.

Sin embargo, no era (no es) una situación normal. El Covid-19 sigue expandiéndose. Muchos países se encuentran en estado de emergencia. Cada día se cierran más fronteras, y más gobiernos prohíben el libre tránsito de sus ciudadanos. No es el escenario al que estamos acostumbrados.

España se declaró en estado de alarma cuando ya tenía más de 4 000 contagiados por coronavirus. La idea de mantenerse en casa se dio al principio solo como una recomendación. Después de tres días, recién se convirtió en una orden y, aún ahora, a dos semanas de inamovilidad obligatoria, hay taxis y transporte público en funcionamiento; viajes entre ciudades dentro del país; personas que salen a hacer las compras en grupo, a pasear al perro o a tirar la basura en el bote más lejano.

Cuando vemos el dolor desde lejos minimizamos situaciones de riesgo, al compararlas con otras “peores”. En otros países se confiaron. Nosotros no debemos hacerlo. Hace unos días, se reportaba que en el cementerio de Bérgamo, Italia, no hay espacio para enterrar a sus muertos. No permitamos que en nuestro país se llegue a eso.

Con 71 infectados por coronavirus, el presidente Vizcarra declaró el estado de emergencia en todo el territorio nacional. La población quedaba inmovilizada. Los derechos relativos al libre tránsito en territorio nacional, la inviolabilidad del domicilio y la libertad de reunión se restringieron. No estamos en una situación normal. Y, a escenarios atípicos corresponden reglas excepcionales.

Ahora, quedarse en casa, demuestra la responsabilidad ciudadana y la solidaridad humana. Pero, la poca conciencia de algunos ha llevado a decretar un toque de queda. Hay que acatarlo. No vale la pena arriesgarse por el egoísmo de “no soportar un tiempo en casa”.

El gobierno peruano actuó pronto y, aunque todo es perfectible, debemos apoyarlo. Un país no son solo sus autoridades. Necesita de ciudadanos comprometidos con el bien común, que aplaudan desde sus balcones agradeciendo a médicos y policías, pero que también obedezcan y se queden en casa, para que la crisis sanitaria no se complique más.

Los esfuerzos de los gobiernos para contener la expansión del Covid-19 no tendrán éxito si los potenciales entes transmisores del virus, las personas, pretendemos mantener una vida normal.