Artículo de Opinión

En cultura, es la hora de las municipalidades

En medio de tantas agitaciones, habrá que trabajar, pues, precisamente en cultura: cultura política, cultura ciudadana, cultura de diálogo, de respeto, de cuidado del “otro”, de apertura más allá de “lo mío”.

En medio de tantas agitaciones, políticas, económicas, sanitaria, ¿quién va a leer algo sobre cultura? No soy ingenuo: así, a primera vista, nadie. Sin embargo, todo el día estamos leyendo sobre cultura: de “cultura política” hemos aprendido mucho en los últimos meses; aglomerarse o no, con mascarilla o sin ella es cuestión de cultura; los mercados, con la distancia debida, son un ejercicio continuo de diálogo intercultural. La Unesco, el organismo de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, no nos ha regalado muchas definiciones de cultura; en realidad, en todos sus documentos sólo encontramos una. Allí se dice que tiene que ver no sólo con “las artes y las letras”, sino también con “los modos de vida, las maneras de vivir juntos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”.

En medio de tantas agitaciones, habrá que trabajar, pues, precisamente en cultura: cultura política, cultura ciudadana, cultura de diálogo, de respeto, de cuidado del “otro”, de apertura más allá de “lo mío”.

En 1970, por primera vez en la historia, se reunieron los responsables de cultura de los diferentes países convocados por la Unesco. Sólo había entonces 26 ministerios de cultura en el mundo; los demás estuvieron representados por funcionarios de otros departamentos. Allí se acordó recomendar a los estados que dediquen un porcentaje de su presupuesto al “desarrollo cultural”. Pero, también se dijo que “es esencial evitar la burocracia centralizada” y que se debe impulsar la descentralización. Fue sólo hace 50 años. Medio siglo no es mucho para la historia del universo, pero es tiempo suficiente para avanzar considerablemente.

Por fin tenemos en el Perú un Plan Nacional de Cultura. Bienvenido sea, con todos los análisis y miradas críticas que sean del caso. Y tenemos muchísimas iniciativas ciudadanas, empeñosas y perseverantes, de llevar cultura a poblaciones vulnerables, de sacar adelante teatro y música, e iniciativas de defensa del patrimonio, de vigilancia ciudadana, de solidaridad, de acompañamiento a enfermos. Cultura solidaria firmemente arraigada.

Es la hora de la descentralización eficaz, transparente, sólida, profesional. Que acompañe, potencie y también oriente esa ciudadanía solidaria y cultural –y se deje orientar por ella-. Fomentando también lo que a primera vista solemos englobar bajo cultura: las artes y el patrimonio. Que pueden ser escuela de cultura en sentido amplio: ciudadana, respetuosa, dialogante. Que enseñan a leer el mundo, a comprender al ser humano, a entender cuáles son las delgadas líneas rojas éticas que no se deben traspasar, a acompañar con humor comprensivo los yerros propios y de los demás.

Esa cultura (de museo y teatro y biblioteca y auditorio… y de calle y plaza… y también dentro de las casas y escuelas). No es un pasatiempo de seres ociosos y adinerados: es el lugar en que se entiende aquello que decía Goethe: que, en el fondo, todos somos humanos, y cómo ese “ser humano” se expresa con una diversidad riquísima y fascinante y también, de forma especialmente convincente, en las obras maestras del arte, culto o popular, porque esa distinción es irrelevante, y del patrimonio: en una marinera o un huayno, un vals criollo o un zapateo afroperuano – y en un pasillo ecuatoriano, un vals vienés o un zapateado flamenco.

Es la hora de que las municipalidades tomen más iniciativas en cultura, en diálogo con los ciudadanos y sus iniciativas. Apoyando lo que hay y supliendo lo que no hay. Cultura en grande: contribuyendo a formar ciudadanos y los necesarios cambios culturales. Porque el cambio cultural existe y es posible. A veces, como indicando que algo no va a cambiar, le dicen a uno: “Pero, doctor, eso es cultural”. Pues “lo cultural” –a diferencia de lo biológico, heredado- es lo que puede cambiar. Y mejor que cambie de manera orientada: hacia ciertos valores, ciertas actitudes. Claro que las autoridades no imponen valores y actitudes; pero, contribuyen a que se vayan estableciendo aquellos que todos sabemos que son buenos.

Y cultura en pequeño: las actividades culturales, la vida cultural. Esto empieza por una pregunta muy concreta: ¿Existe en cada municipalidad una gerencia de cultura? Y ¿la ocupa alguien que sabe (mucho) de cultura? Sólo si es así, la descentralización tiene sentido.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.