Artículo de opinión

Escalada de tensión entre Estados Unidos e Irán

Hasta la fecha, los controles internos entre poderes han funcionado correctamente y la amenaza de una guerra con Irán parece haberse disipado, pero el episodio deja dos negativos efectos.

A pocos podía sorprender una noticia que hablase de enfrentamiento y tensión entre Estados Unidos e Irán, puesto que ambos estados son enemigos confesos desde hace décadas. Sin embargo, hemos recibido el año nuevo con la increíble información de un ataque estadounidense con drones que acabó con la vida del general Soleimani, número dos del régimen iraní. En ese escenario, las noticias que incluyen la palabra guerra han comenzado a multiplicarse, generando alarma y temor entre los ciudadanos de todo el mundo. Pero, ¿estamos a puertas de una guerra mundial?

En verdad, la tentación de que los gobiernos recurran al ejército para resolver sus diferencias siempre estará latente, puesto que el uso de la fuerza es un elemento estructural de las relaciones entre estados. Por eso el nuevo orden internacional se ha construido sobre la regla que prohíbe el uso de la fuerza para resolver las controversias entre los estados. Para lograr que ese principio sea respetado se han impulsado los mecanismos de diálogo multilateral, cooperación económica y fortalecimiento democrático que ayudan a los estados a tratarse como iguales, y no como rivales a los que derrotar de un golpe. Esa es la función de los organismos internacionales de cooperación cuando promueven normas colegiadas para frenar los naturales impulsos “egoístas” que tienen los estados para imponer sus reglas usando la fuerza.

Lamentablemente desde el inicio de la era Trump, la política exterior de los Estados Unidos se ha caracterizado por el desconocimiento de las reglas básicas de las relaciones internacionales, y por el denodado esfuerzo que ha puesto el presidente para borrar los avances hacia una globalización multilateral que habían marcado la etapa Obama. El rechazo al acuerdo climático de París, la guerra comercial con China, las críticas a los aliados en el pacto de la OTAN, la guerra de aranceles con la Unión Europea, o los ataques al régimen de Corea del Norte han sido buen ejemplo de ese planteamiento unilateralista que es el America First. Con ello se ha confirmado el pronóstico de los expertos en relaciones internaciones de que el Congreso estadounidense tendría poca capacidad para controlar las decisiones de este presidente en cuestiones de política exterior, dejando daños de largo alcance para las relaciones diplomáticas de los EEUU en el futuro.

Pero lo cierto es que esta crisis iraní ha servido sobre todo como mecanismo interno de distracción, pues obligará al Congreso estadounidense a debatir si prioriza el proceso de impeachment, o si toma medidas para controlar a futuro las competencias de este presidente como Comandante en Jefe. Conforme avanzan los días, se aleja la amenaza de un conflicto armado directo y el mismo presidente Trump deja de hablar de represalias y reconduce las medidas contra Irán hacia el terreno de las sanciones económicas. Pero el daño más grave ya está hecho, la muerte del general Soleimani ha establecido un precedente que tergiversa la aplicación del concepto de legítima defensa, y abre la puerta a la amenaza de uso de la fuerza desconociendo las reglas básicas de derecho internacional sobre la materia.

Para entender la situación, corresponde aclarar los hechos de esta escalada de tensión entre Estados Unidos e Irán. El día 27 de diciembre un ataque en una de las bases militares de EEUU en Irak causó la muerte de un civil estadounidense. Se atribuyó la responsabilidad de esos hechos a una facción del grupo terrorista Hezbollah que actúa sobre todo contra Israel con financiación iraní. En respuesta por esa muerte, EEUU realizó varios ataques aéreos el día 29 de diciembre sobre las bases que Hezbollah tiene en Irak; a continuación, la embajada de EEUU en Bagdad fue atacada el día 31 de diciembre por protestantes que recriminaban esos ataques. Finalmente, el 3 de enero un operativo con drones golpea y acaba con la vida del general Soleimani, y de otras 7 personas, cuando salían del aeropuerto de Bagdad.

Soleimani ha sido el comandante de la Fuerza Quds, las milicias iraníes en el exterior. EEUU le atribuye un papel esencial en la formación y financiación de los grupos terroristas como Hezbollah que amenazan los intereses estadounidenses en la región, de ahí que se le considerase objetivo prioritario a eliminar. En concreto, la información que los servicios de inteligencia de EEUU manejaban en esos momentos, hacían referencia a un ataque inminente contra el personal diplomático estadounidense desplegado en Irak y en la región. En ese contexto, se presenta la muerte de Soleimani como un acto de legítima defensa preventiva, pero lo cierto es que no han podido demostrar de forma fehaciente y suficiente la gravedad, necesidad y proporcionalidad de esta medida extrema. Adicionalmente, la decisión de atacar con drones al general Soleimani cuando salía del aeropuerto de Bagdad, ha significado desconocer la soberanía de Irak para gestionar la seguridad dentro de su propio territorio.

La situación de EEUU en Oriente Medio es sumamente compleja, y aunque el presidente Trump alegue que su país ha logrado la autonomía energética y ya no
depende del petróleo persa, lo cierto es que la economía estadounidense sigue teniendo intereses en la zona. De ahí la importancia de tener una política exterior coherente, respetuosa de las reglas internacionales y colegiada con los aliados de EEUU. Pero, el presidente Trump se empeña en hacer todo lo contrario y así en medio de la crisis intimida con los recursos armamentísticos de sus ejércitos, amenaza con atacar los sitios arqueológicos persas, enfatiza que Irán nunca tendrá armas nucleares; y con todas esas declaraciones, lo único que logra es que sus asesores tengan que acudir a su rescate para aclarar y “reinterpretar” lo que el presidente dice. Hasta la fecha, los controles internos entre poderes han funcionado correctamente y la amenaza de una guerra con Irán parece haberse disipado, pero el episodio deja dos negativos efectos: la sensación de miedo a la guerra que se extendió rápidamente por todo el mundo, y el pernicioso precedente de uso de fuerza preventiva que resulta contrario al Derecho internacional.