Artículo de Opinión

Se acabó el verano, pero no la diversión

Realizar actividades artísticas, musicales, deportivas y lingüísticas impacta positivamente en la formación personal de la juventud y la niñez.

Las vacaciones de verano han culminado. El inicio de un nuevo año escolar es buen momento para preguntarnos cuánto han aprovechado nuestros hijos esos meses. Muchos talleres se publicitaron por las redes sociales, los diarios y por el “boca a boca”. La oferta contó con actividades de danza, pintura, música, deporte y estudio de idiomas o repasos de temas.

Es una lástima no tener información sobre el número de participantes en esas actividades. Suponemos que fueron muchos, porque, ¿quién podría pensar que los talleres no son importantes para los chicos?

La práctica de los talleres de verano ayuda a los chicos y chicas a crear nuevas amistades (o fortalecer las existentes), les motiva a compartir con otros su tiempo, les permite hacer algo distinto, y les divierte. Pero hay algo más que olvidamos: despiertan habilidades ocultas o desconocidas para ellos y para sus padres.

Visto desde esa perspectiva, realizar actividades artísticas, musicales, deportivas y lingüísticas impacta positivamente en la formación personal de la juventud y la niñez. Vemos pues que supone una gran fuente de oportunidades para su desarrollo personal.

Esto nos hace pensar en la teoría de las inteligencias múltiples del profesor Howard Gardner (Estructuras de la mente, 1983), quien afirma “la existencia de varias competencias intelectuales humanas relativamente autónomas”, independientes entre sí, “y que los individuos y culturas las pueden amoldar y combinar en una multiplicidad de maneras adaptativas”.

Frente a la inteligencia racional, se tiene la inteligencia lingüística o verbal, la capacidad para comunicarse con los demás, argumentar las ideas y aprender otros idiomas; la inteligencia musical, capacidad para reproducir o crear estructuras melódicas y rítmicas utilizando diversos instrumentos musicales. La inteligencia visual-espacial, capacidad para relacionar objetos y personas en el espacio tridimensional estableciendo distancias y proporciones; y la inteligencia cinestésico-corporal, capacidad para dominar y articular el cuerpo y dotarle de movimiento coordinado, incluso para expresar emociones.

Algo que queda claro después de leer a Gardner es que son múltiples las maneras que tienen nuestros hijos para aprehender el mundo. Tal vez nuestra tarea como padres –y como sociedad– sea el crear los espacios adecuados para que ellos puedan desarrollar esas habilidades ocultas, habitualmente desplazadas en la educación formal, incorporando un poco de diversión y de alegría a sus vidas, abriéndoles la puerta a su felicidad.