Artículo de Opinión

En distintos sacos

El respeto a la unicidad de cada persona invita a reflexionar, ahora más que nunca, en la necesidad de ponerlas en distintos sacos y sin etiquetas.

Cuántas veces hemos usado la expresión “meter a todos en el mismo saco”, para generalizar o tratar cosas distintas como iguales; especialmente, cuando se trata de una crítica. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que es poco realista, y riguroso, pensar así, porque ni el cliente ni el pueblo siempre tienen la razón. Tampoco yo.

La persona humana, su línea de pensamiento y su derecho inalienable a la libertad de expresión merecen y exigen que muchos demos un giro de 180 grados, y que lancemos señales creíbles de la capacidad de establecer un diálogo fructífero y respetuoso de la pluralidad. Ni todos hacia adelante, ni a la derecha o a la izquierda. No hace ninguna falta. El respeto a la unicidad de cada persona invita a reflexionar, ahora más que nunca, en la necesidad de ponerlas en distintos sacos y sin etiquetas.

La responsabilidad de las acciones, de las decisiones, así como de sus consecuencias, es individual: esto aplica a jóvenes, a personas de la tercera edad; a civiles, políticos, policías y militares; a todos. Cada uno podrá enarbolar junto a la bandera nacional, si así lo juzga oportuno, mensajes en defensa de los principios en los que cree y que juzga afectados; pero, animo que lo haga de la mano con otros estandartes como la verdad, la credibilidad y la integridad, valores contrarios a la violencia y al uso injusto del poder, venga de quien venga.

El entramado de la vida social en democracia exige tolerancia, entendida como la capacidad de reconocer y respetar las creencias y prácticas de los demás, sin compartirlas. Si queremos ser auténticamente tolerantes, aprendamos a no mirar a quien piensa distinto como “mi oponente”, como alguien a quien “debo atacar” o, en extremo, “eliminar”.

La unidad de los peruanos (“uno para todos y todos para uno”) y la paz del país requiere de una tarea ejercida en común: que los padres de familia enseñen a sus hijos diariamente valores cívicos en el hogar; que los educadores los reafirmen y acrecienten en la escuela y en la universidad; y que quienes dirigen las empresas y organizaciones públicas y privadas cumplan similar rol.

Todos estos formadores de distintas generaciones, las del bicentenario y las futuras, ostentan el calificativo de directivos (dícese de quién conduce a otros hacia la consecución de metas); solo algunos se harán acreedores legítimos al título de líderes. El curso de la historia personal de cada uno de ellos determinará, con evidencias y no solo con palabras, quién es quién, y por qué corresponde que estén en distintos sacos y sin etiquetas.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.