Artículo de opinión

Navidad en el Perú: un breve repaso histórico

El Niño Jesús se mostraba “hermoso, brillante, sonrosado y risueño y reposaba en un establo encima del cual lucía una cinta azul con las palabras ‘Gloria in excelsis Deo’, sostenida por ángeles con alas desplegadas"

 

Desde el inicio de la conquista de América, la Corona española se propuso cristianizar a los aborígenes. La tarea resultó difícil pues los españoles debieron aprender las distintas lenguas que aquí se hablaban y, al mismo tiempo, enseñar el castellano a los neófitos. No obstante lo anterior y como la labor demandaba varios años, utilizaron otros procedimientos para reforzar lo aprendido, entre los que destacan, por ejemplo, la escenificación de pequeñas obras teatrales en la misa dominical, la participación en fiestas religiosas y la promoción de la compra de cruces, rosarios y, por supuesto, esculturas de la Virgen, de san José, del Niño Dios, de ángeles y demás protagonistas menores del santoral; todo ello con la convicción de que la imagen y la puesta en escena penetrarían en las mentes y corazones de los feligreses.

En la época virreinal, la Natividad de Jesucristo fue adquiriendo un lugar importante en la cotidianidad del indígena, no solo porque era tiempo de pagar tributos sino porque se establecieron normas que pautaron su comportamiento al igual que a los demás. Dos sirven como referencia: el ayuno, que debían guardar durante la vigilia de Navidad, cuando solo podían ingerir lo permitido por la Bula de Cruzada y no carnes, excepto si los médicos o vicarios concedían licencia; y el trabajo, que podían evitar mientras durara la celebración. Encomenderos, corregidores y curacas debían velar por ello.

Las fiestas navideñas, al igual que otras celebraciones religiosas, tenían un común denominador: se iniciaban con el repique de campanas de la matriz y de las otras iglesias que iban indicando las etapas de la ceremonia. Sin embargo, las tonadas no siempre eran las mismas, pues en la noche de vísperas de Navidad, para convocar a Maytines y Misa solemne, debían tocarse las campanas según lo acostumbrado en cada iglesia.

En el ámbito familiar, se tenía por costumbre elaborar altares en los días de vigilias de Navidad. Sin embargo, por los desórdenes generados, que en algunos casos acarreaban alguna víctima mortal, el obispo de Trujillo, Carlos Marcelo Corne, prohibió en 1623 dicha actividad, penando con 50 pesos e incluso excomunión mayor a los infractores. Parece ser que el mandato no surtió efecto, porque el VI Concilio Limense (de 1772) insistió en que dichos altares y nacimientos armados en casas particulares se exponían públicamente por las noches ofendiendo a Dios por la concurrencia masiva de hombres y mujeres. Tal norma no aplicaba a los nacimientos colocados en ambientes íntimos, que propiciaban reflexión y oración familiar; tampoco a aquellos emplazados en iglesias, conventos y hospitales compuestos de preciosas piezas de cristal, madera, marfil o cerámica traídas de España, Quito o Guayaquil.

Solo las familias ricas podían adquirir dichas figurillas que –en conjunto– costaban unos 100 pesos Dependiendo de la familia, estos “pesebres” se legaban a sus descendientes o a instituciones religiosas. En Piura, por ejemplo, el convento y hospital de Santa Ana, regentado por los betlemitas, recibió donaciones de efigies de María y José para que sirvieran en el “Belén” de su iglesia.

Ya en tiempos republicanos, los artesanos indios y mestizos se especializaron en la producción de figurillas -de menor calidad y precio- permitiendo que más hogares disfrutaran de su posesión. Ricardo Palma comenta que los nacimientos eran “motivo de fiesta doméstica… [pues se armaba] un pequeño proscenio, sobre el que se veía el establo de Belén con todos los personajes de que habla la bíblica leyenda. Figurillas de pasta o de madera, más o menos graciosas, completaban el cuadro… Todo el mundo, desde las siete hasta las once de la noche, entraba con llaneza en el salón, donde se exhibía el divino misterio. Cada nacimiento era más visitado y comentado que ministro nuevo”.

A comienzos del siglo pasado, el pintor José Sabogal destacaba que era común ver a las familias realizando esta obra casera y espontánea protagonizada por la Sagrada Familia, ángeles, reyes magos, pastores y animales. El Niño Jesús se mostraba “hermoso, brillante, sonrosado y risueño y reposaba en un establo encima del cual lucía una cinta azul con las palabras ‘Gloria in excelsis Deo’, sostenida por ángeles con las alas desplegadas”.

Hoy, el mensaje es el mismo, más aún cuando familias mermadas por la pandemia seguramente desecharán todo materialismo para colocar al Niño Dios como luz de nuestras vidas.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.