La fiesta de San José

El carpintero de Nazaret

La fiesta que tenemos por delante resume, de alguna manera, la figura de José para presentárnoslo como Patrono de la Iglesia Universal, Intercesor poderoso; sin dejar de ser por esto el sencillo artesano de Nazaret.

Durante el año, existe otra fiesta dedicada a san José, la del 1 de mayo, que lo recuerda como artesano u obrero: trabajador, porque lo fue. Y, en su condición de tal cumplió el papel que Dios quiso asignarle, padre en la tierra de su Unigénito; Maestro y Señor; Servidor fiel y Patriarca humilde.

La fiesta que tenemos por delante el 19 de marzo resume de alguna manera su figura para presentárnoslo como Patrono de la Iglesia Universal, Intercesor poderoso; sin dejar de ser por esto el sencillo artesano de Nazaret que fue, junto a María la Madre del Redentor y su Hijo. Una vez más nos asombramos ante una figura que llama poderosamente nuestra atención, por su dignidad y al mismo tiempo su naturalidad. ¿No habrá que buscar precisamente en los rasgos que definen su condición humana el secreto de su misterio?

El entorno en el que se desarrolló la existencia personal de José no era precisamente el mejor: una pequeña ciudad de un pueblo que no era país en sentido moderno, dominado por un imperio omnipresente y avasallador como era el imperio romano; en un tiempo en que las condiciones materiales de la vida eran aún muy incipientes. Tendemos a imaginarnos Nazaret y en general las ciudades de la Judea y Galilea de modo romántico; y no, la vida era dura y fatigosa. De manera que querer “portarse bien”, es decir, querer cumplir siempre, y en todo, la voluntad de Dios exigía una piedad grande, como la de José.

Sin embargo, cumplir la misión que se le había asignado comportaba fatigas y el ejercicio de muchas virtudes. Era necesario, por tanto, ser magnánimo.

¿Cómo era la magnanimidad de José?
¿En qué detalles se manifestaba? El viaje a Belén, desde Nazaret para empadronarse con María debió decidirse contando con los medios de que la familia disponía: un borrico, unas ropas escasas pero suficientes para el que iba a nacer; unas pocas monedas; y mucha resolución. Podía haber puesto mil “peros”, y entonces el Mesías no habría nacido en Belén como estaba profetizado.

Nacido el Niño, e instalados en Belén, recibieron la visita de gentes muy distintas: los amigos de los primeros pastores, los vecinos alertados por los sucesos especiales de los que habían tenido noticia y sobre todo, unos Reyes venidos de muy lejos. José estuvo a la altura de las circunstancias, discreto, acogedor, disciplinado: un auténtico Patriarca.

Para trasladarse a Egipto, era necesario proveerse de un mínimo de medios; pero la urgencia del mandato no hacía posible dilatar las decisiones. Sólo el ánimo grande (la magnanimidad de José) pudo ayudarlo a comportarse del modo más oportuno; y huyeron a Egipto.

No podemos dejar de lado una virtud necesaria para alguien que, como José, debió vérselas con auténticas decisiones dramáticas. Con frecuencia, Dios debió alentar a José, conociendo la realidad de su valentía humana y sobrenatural. “José, hijo de David, no temas” (Mt 1,20), parece repetirnos también a nosotros: “¡No tengan miedo!”.

Siguiendo el ejemplo de José, “la vida de cada uno de nosotros puede comenzar de nuevo milagrosamente, si encontramos la valentía para vivirla según lo que nos dice el Evangelio. Y no importa si ahora todo parece haber tomado un rumbo equivocado y si algunas cuestiones son irreversibles. Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas. Aun cuando nuestra conciencia nos reprocha algo, Él «es más grande que nuestra conciencia y lo sabe todo» (1 Jn 3,20).” (Patris corde).

La felicidad de san José
En un pasaje de la Encíclica se detiene el papa Francisco a considerar la felicidad de san José.

“La felicidad de José no está en la lógica del autosacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe en este hombre la frustración, sino sólo la confianza. Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza. (…) Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez”. (Patris corde).

Particularmente válidas son estas consideraciones en el contexto de la vocación a la paternidad. Por eso, entiendo que son especialmente lúcidas las siguientes palabras tomadas de la Encíclica: “Siempre que nos encontremos en la condición de ejercer la paternidad, debemos recordar que nunca es un ejercicio de posesión, sino un “signo” que nos evoca una paternidad superior. En cierto sentido, todos nos encontramos en la condición de José: sombra del único Padre celestial, que «hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45); y sombra que sigue al Hijo”. (Patris corde).

Pero, volvamos al comienzo. Todo hombre vive los años de su vida realizando una específica tarea para la que se prepara al inicio, perfecciona a continuación y le sirve para alcanzar la plenitud humana y espiritual a la que está llamado. San Josemaría hablaba de “santificar el trabajo, santificarse con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo”. Quizá eso explica la gran devoción que este santo tuvo a san José: la espiritualidad que el carpintero de Nazaret encarnó está basada en el trabajo ordinario, en su perfección también humana, ya que le debía servir para dar ejemplo y enseñanza al hijo de Dios hecho Hombre.

“José, cuidando de aquel Niño, como le había sido ordenado, hizo de Jesús un artesano: le trasmitió su oficio. Por eso los vecinos de Nazaret hablarán de Jesús, llamándole indistintamente faber y fabri filius: artesano e hijo del artesano. Jesús trabajó en el taller de José y junto a José (…) No es posible desconocer la sublimidad del misterio. Ese Jesús, que es hombre, que habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado José, ese es el Hijo de Dios” (san Josemaría Escrivá de Balaguer: Homilía En el taller de José, n 55).

Esta es nuestra fiesta: celebra la trascendencia de la vida ordinaria, reflejada en el hombre a quien Dios buscó para que le sirviera lealmente en el amor al sacrificio y al silencio.

¿Cómo mirar a San José hoy?
Mirar a San José en estos tiempos, ya no solo con ocasión de este Año dedicado a su Patronazgo. sino objetivamente como personalidad espiritual y humana de gran envergadura; desear conocerlo y aprender de él exige humildad. Tal vez cualquiera de nosotros hubiera querido ser el primer hombre que pisó la luna; o el que descubrió la cura para alguna grave enfermedad; o el que ganó diez premios internacionales en años consecutivos… Pero, no tener ninguna figuración, no ser suficientemente conocido, no estar habilitado para un desempeño glorioso en alguna arte o ciencia o técnica suele ser frustrante.

Ese es José, Padre y Señor por deseo de Dios. En él, la autoridad del padre y el señorío no produjeron nunca los sentimientos que cabe esperar en quien se olvida de que todo lo ha recibido de Dios. Al contrario, convencido de que es así, actuó siempre con la naturalidad y sensatez de quien está en la verdad por Don de Dios. Y así es Maestro.

Mira a José: un obrero de una ciudad pequeña, sin recursos suficientes, sin habilidades especiales; comprometido con una muchacha de su pueblo y decidido -ya que se le dio a conocer el misterio oportunamente- a salir adelante en su situación ordinaria. Su piedad lo lleva a “entender” a Dios y comportarse según su querer. A partir de ese momento todo en él cambia: es el responsable en la sombra de la epopeya de la redención, Dios cuenta con él como protagonista. Pero eso, hay que entender a San José desde la perspectiva de ese hombre, que terminó siendo Padre y Señor. El reto está planteado.